La Nueva Babel

Si algo ha cambiado desde que nací hasta el día de hoy, en que muero, es el reino
de los libros; no sólo el del libro boliviano, que ha cambiado bastante, sino el universo
de los libros, ese en el que los bolivianos no pueden meter un nombre a pesar de
que vivimos ya el tercer milenio.
Cuando nací, Bolivia era un país de seis autores locales, dos diarios y tres imprentas.
La situación era la misma cuando cumplí seis años, pero había más libros extranjeros,
argentinos sobre todo. Lo sé porque leo desde entonces. Nunca dejé de leer.
Cuando cumplí doce años mi padre compró El Tesoro de la Juventud y me dediqué a
leer esos 40 tomos. Leía a Dumas y sus mosqueteros y las aventuras de
Nostradamus. Del que me acuerdo es de Tamayo porque lo vi en la calle una vez.
Fue cuando descubrí a Hemingway que me cayó encima esta maldición que yo creí
una vocación y comencé a escribir. Nunca se me pasó por la cabeza que los autores
bolivianos de entonces merecieran mi atención. No leí a ninguno, en parte porque vi
que maestros, alumnos, profesores y periódicos los ignoraban. No estaban de moda.
No eran tantos, tampoco.  No disputaban el campo a las publicaciones argentinas
como Leoplan ni a los libros que venían de Buenos Aires. Leer libros era una
actividad subterránea; escribirlos, un absurdo declarado.  El suicidio de un pintor hizo
ruido por ese entonces, pero artistas y escritores eran bichos muy raros. El mercado
de libros era, pues, actividad tan discreta que parecía pecado.  
Para cuando publiqué mi primer libro y salí a venderlo por el país con algunos
colegas, no éramos ni una docena de autores y aún entre tanta pobreza había celos,
recelos y rivalidades absurdas.  Hacíamos nuestras ‘ferias del libro’ poniendo
aguayos sobre las bancas de las plazas y libros sobre los aguayos. Eran tiempos
fáciles: bastaba con saber usar las comas para ser ‘escritor’; hoy hay muchos que no
saben usarlas todavía pero ya los publican en Checoslovaquia.  
Ya para entonces descubrí que lo único bueno de escribir es el acto mismo de
escribir; todo lo demás es un juego tonto de vanidades. Pero no quise creerlo y seguí
tecleando.
Hoy la situación es totalmente diferente: abundan los autores; los lectores escasean.
Bolivia estaría de fiesta si hallara una docena de críticos y/o comentaristas que
publicaran en forma periódica: como no los encuentra, el ambiente local es un
manicomio. Nadie sabe cuáles libros son buenos, cuáles son mediocres ni cuáles no
son libros; nadie sabe quienes son escritores, quienes son impostores ni quienes son
leídos si son publicados. La ‘sociedad de los bombos mutuos’, muy vigente en mis
tiempos, es hoy un vicio feroz: entre los escritores, todos son grandes escritores…
pero Bolivia sigue esperando su Roa Bastos…
…y fuera del círculo de escritores (cuatro editoriales, dos suplementos literarios, 20
sitios de jóvenes que necesitan dedicarse a cosas más productivas porque ya no son
tan jóvenes), sólo las universidades, esas fábricas de empleados públicos y falsos
privilegios, siguen produciendo ‘literatos’ como la Banda Montenegro de San Andrés
y etc. etc.
En otras palabras… si bien hoy los autores ya no son una docena, su multiplicación
inédita, que deja la parábola de los peces y los panes como mínimo mito, ha
convertido el mercado local (como siempre) en una mala copia del mercado mundial,
en una nueva Babel que vence los extremos de cualquier imaginación privilegiada.
Todos escriben; nadie lee.
Para ilustrar la situación bastará la lista de los Premios Nacionales de Novela y una
visión a vuelo de pájaro de la suerte corrida por cada tomo.
Como se olvida, los siguientes son los ganadores del mencionado premio, creado en
1998:
Gonzalo Lema con “La vida me duele sin vos”;
Carlos Mendizábal: “Alguien más a cargo”;
Tito Gutiérrez: “Magdalena en el paraíso”;
Ramón Rocha: “Potosí 1600”;
Edmundo Paz Soldán: “Delirio de Turing”;
Juan Claudio Lechín: “Gula del picaflor”;
Eduardo Scott: “La doncella del barón cementerio”;
Luisa Fernanda Siles: “El agorero de sal”;
Wilmer Urrelo: “Fantasmas asesinos”.
Sebastián Antezana: “La Toma del Manuscrito”
Claudio Ferrufino - “Diario Secreto”.
¿Cuantos de estos libros ha leído mi estimado interlocutor? ¿Dónde ha visto estos
libros y cuándo? ¿Eran caros o baratos? ¿Tiene usted verdadero interés en leerlos?
Si se pudiera, más interesante sería hacer otras preguntas a los mismos autores…  
Reunidos hace poco nomás, optaron por decir generalidades y dejar a los presentes
tan ignorantes como siempre sobre su suerte de ganadores del premio más
importante del país. Si hubieran elegido hablar por sus derechos tal vez habrían dicho
algo sobre:
Circulación – Nadie distribuye estos libros en el exterior a pesar de su supuesta
importancia. Visite usted los sitios de Alfaguara en Argentina, Chile, Perú y nuestros
demás vecinos y encontrará que Alfaguara no tiene interés en que se conozca a
nuestros autores en el mundo ancho y ajeno… ¿Por qué? Las leyes del mercado son
las mismas para las salchichas: la demanda lo decide todo. Nadie puede demandar
(comprar) lo que no conoce… ¿Cómo puede un lector argentino comprar un libro
boliviano del que nada conoce?
Dinero – Parece (nadie lo ha confirmado) que todos los ganadores recibieron el
premio con su correspondiente valor en metálico. Lo que nadie ha confirmado
tampoco es si reciben cada año o cada seis sus derechos de autor como dicta la ley
internacional. Ellos tienen muchas razones para no dejar entrar moscas a la boca,
pero, ¿qué ganan con callar a rajatabla? Nada. ¿Por qué callan? Porque creen que
la empresa editorial está trabajando para darles fama y dinero, para promover su
obra y su nombre. Para dar, así, prestigio al país…. ¿Por qué no sucede así?
Principalmente porque Alfaguara conoce de primera mano la calidad de cada uno de
estos libros. No exagero al decir que cree que su experiencia como empresa le ayuda
a calcular el interés y las ventas que tendrían esos títulos en cada país de habla
hispana, por lo menos. Su decisión de limitarlos a la distribución local es fácil de
explicar desde este punto de vista. Si no se venden ni en Bolivia, ¿cómo se han de
vender en la Patagonia?
Calidad -  Este es el punto sobre el que tanto la editorial como sus autores guardan
un cortés pero dañino silencio… Cuando el lector boliviano intenta informarse sobre
la calidad literaria de estos tomos se topa con una sorprendente ausencia de
opiniones sobre los mismos. Es fácil encontrar una nube de textos de propaganda,
promoción, entrevistas,  mesas redondas y cuadradas… Pero no hay un Cachín para
cada texto (¡ya quisieran! Como se sabe, Cachín está dedicado al fútbol).  Los
comentarios son firmados generalmente por gente tan nueva y desconocida como los
autores mismos… y tienen el mismo valor relativo. Si los lectores bolivianos no
pueden conocer la calidad de los autores bolivianos… ¿Qué pueden esperar los
lectores chilenos? Nada, y nada compran.
Sin un juicio autorizado (por lo menos uno) sobre su calidad, sin la menor promoción
seria (y más amplia que los círculos literarios locales y los sitios de los jóvenes con
computadora), estos libros desaparecen sin más ni más en la inmensidad del
mercado mundial (15 millones de nuevos títulos al año) como una gota de agua en el
océano.
Amazon – Algún autor apelará a este nombre mágico para anotar que su libro
aparece en Amazon, cosa que nunca antes sucedía. Lo hará porque es un novicio en
estas lides o porque en realidad cree que Amazon puede hacer milagros.
Si son libros de papel, Amazon los pide al país de origen después de haber recibido
el pedido inicial. Si tal orden se da, el lapso de entrega recuerda a los tiempos de las
diligencias: tres o cuatro semanas. En cuanto al costo: el precio más el correo
alcanzan fácilmente los 40 ó 50 dólares. Si se trata de e-books, la manufactura del
libro es $0.00 para el editor y su colocación en ‘vitrina’ Amazon cuesta lo mismo:
$0.00. Vale decir que el costo para la editorial es de algunos centavos.  El autor verá,
si ve algo, uno o dos dólares por e-book vendido.
Sobre Amazon sólo es posible decir que ha sido creado para explotar a los autores
del mundo entero y que sólo las grandes editoriales y Amazon mismo se benefician
con este titán. Muy pocos autores ven alguna vez algo de dinero originado por
Amazon. Y es que las editoriales obedecen una ley que consiste en pagar derechos
de autor a quienes venden poco o nada sólo cuando se da un eclipse. Quienes
venden millones cobran millones; quienes venden cientos o miles nada cobran.
Publicidad – ¿Cuánto gasta la editorial para promover cada uno de estos libros? Este
es el mayor misterio. ¿Cómo los promueve? Si cada libro compite contra millones y
millones de nuevos libros… ¿qué sucede cuando un libro no recibe ni un centavo
como publicidad o propaganda? El autor, quijote desesperado, es el único ser en el
mundo que trata de promoverlo…
Es para competir en este mercado que los ganadores del Premio arriba mencionado
participaron del concurso, lo ganaron y son ahora autores con libros desconocidos
tanto en Bolivia como fuera de ella. ¿Por qué, entonces, su silencio?
¿Por qué no luchar por un VERDADERO Premio Nacional de Novela?
Su Opinión
Arturo
Sus Libros
Nuevos Textos
9-18-12