Su Opinión
Un Deber Urgente para los Gobiernos de Latinoamérica
Arturo
Hoy, Febrero11 de 20004, llegó  la gripe avícola a Estados Unidos. Así lo anuncian los medios más importantes.
Apareció en el estado de Delaware, el corazón del Este del país, y ha sembrado el terror entre los muchos millones que
trabajan en esa industria. Contagioso y letal en extremo para las aves, este mal no amenaza a los humanos, dicen las
autoridades, pero nadie les cree. Delaware, Maryland y Virginia han declarado la guerra contra esta nueva peste y China
y otros nueve país han prohibido las importaciones de aves de EE.UU. El país todo se prepara con suma urgencia para
salvar esta industria de 15 mil millones de dólares anuales.
La guerra contra la gripe avícola es total. Para disminuir el contagio – que se transmite mediante las suelas de los
zapatos, la ropa, las manos y el cabello de los trabajadores – las autoridades han decidido aislar las granjas avícolas
(imperios industriales a nivel nacional) prohibiendo la visita de extraños, declarando a granjeros, trabajadores y animales
en cuarentena, cerrando escuelas y lugares públicos. Es decir, reduciendo los contactos personales a un mínimo y
matando gallos, gallinas, pollos, patos y otras aves por cientos de miles cada hora. Las granjas avícolas lucen hoy como
campos de batalla casi despoblados.
En Asia, la gripe avícola saltó en cuestión de horas desde los pacientes graves de dos alas hasta los trabajadores y
militares que enterraban vivas a millones de aves. Todos los humanos que se contagiaron murieron. Tal cosa no podría
suceder en USA, dicen las autoridades, porque la gripe avícola en EE.UU. es “diferente”. Nadie indica por qué ni en qué
se basa esa diferencia, pero en ella se apoya la leve esperanza de que no aparezca la primera víctima humana
norteamericana y el terror cubra el continente como una nube de moscas.
Algunas autoridades indican que esa diferencia estriba en que “nuestra” gripe avícola no se contagia a los seres
humanos. Las razones de los contagios en los países pobres, dicen,  es la pésima salubridad que sufren sus habitantes,
el agua nada potable que beben y las condiciones de vida, similares a las del medioevo, si no peores. En otras palabras,
se contagiaron porque son unos cochinos que viven en lodazales, aunque nadie lo haya dicho tan claro.
Nadie han dicho tampoco que entre tres y seis millones de seres humanos viven en las granjas avícolas de Estados
Unidos en condiciones medievales. Son los trabajadores ilegales que hacen posible la industria avícola norteamericana
matando, desplumando y despedazando a mano pelada billones de pollos inmóviles y enjaulados en cajas de zapatos
dentro de refrigeradores gigantes.
Esos ilegales trabajan en condiciones de semi-esclavitud, como lo descubriera la revista National Geographic (
Septiembre, 2003) al hablar de la nueva esclavitud y de campos de concentración para ilegales con guardias armados que
impiden la fuga de esos esclavos y sus familiares de las granjas avícolas. Esos trabajadores forzados no tienen agua
potable ni fría ni caliente y viven en carpas, casuchas de adobe y refugios improvisados. Es decir, son un caldo de
cultivo ideal para la gripe avícola en su versión humana.
Que yo sepa, esta es primera mención que se hace de esos millones de ilegales que trabajan en la industria avícola
norteamericana y de los peligros adicionales que enfrentan desde hoy porque la gripe avícola llegó al país. Es posible
que también sea la última si los gobiernos y los ciudadanos de los países al sur del Río Grande no ponen el grito al cielo
y afirman que también los ilegales son seres humanos y deben ser protegidos, si no por simple humanidad, porque
serán (y nadie puede evitarlo) el agente de contagio ideal de una plaga que puede acabar con la industria avícola y con un
buen número de habitantes de Estados Unidos en pocos días.
Tal vez resulte necesario repetirlo: si los gobiernos y los ciudadanos de Latinoamérica toda no protestan y gritan en
defensa de millones de trabajadores ilegales de la industria avícola de EE.UU., ese grupo humano será el medio
ineludible de contagio de una plaga que nadie sabe cómo frenar y que es 100% letal.
El gobierno de EE.UU. jamás ha reconocido las condiciones de semi-esclavitud en que viven millones de ilegales en este
país. Antes de reconocerlo ahora (creando pánico entre su población), es muy capaz de callarse en todo idioma y
permitir la invasión de esta plaga. Eso es lo que sucedió con la ola de gripe que mató más estadounidenses que la
Primera Guerra en 1918.(Bookworld, Washington Post, Febrero 8, 2004) Murieron 40 millones y recién hoy, un siglo
después, hablan claro los periódicos sobre aquella plaga. ¿Cuántos deberán morir esta vez antes de que el gobierno
acepte la existencia de esos campos de esclavitud y sus condiciones sub-humanas?
Tal vez otro siglo. Pero usted y yo y nuestros respectivos gobiernos podríamos hacer algo para que todo fuera
diferente esta vez. Póngase a gritar por el Internet, por teléfono y, si lo ve necesario, en la calle y a los cuatro vientos.
Reclame por un acto elemental de justicia que proteja la salud de millones. Se trata de una plaga que nos pondrá los
pelos de punta cuando se ponga a rugir.
Entre tanto, y sobre las vacas locas…
Bueno, voy a dejar ese tema para otra ocasión.
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