Venezuela hoy = Bolivia sin Evo

Para los chavistas y los admiradores de Chávez en el mundo todo debe ser casi
increíble el ocaso del chavismo que presenciamos estos días: ¿es posible que la
Revolución Bolivariana no haya sido más que el sueño de un solo hombre, un hombre
al que la muerte arrebata y priva de ese sueño a su patria, a su pueblo y a cada quien
que en Chávez veía a un campeón de los pobres de este mundo?
¿Es posible que solo un individuo pudiera concebir la Revolución Bolivariana y que su
muerte matara ese sueño?
Un tiempo hubo en que las gentes creían que la voz del pueblo era la voz de Dios…
Pero esa voz parece muda apenas Chávez muere: López, ese López que se prepara
en una celda para devolver a Venezuela los años horrorosos de las viejas oligarquías,
es un ricacho estudiante que pasó por Harvard pagando en oro su cartón (como hizo
nuestro Tuto en Texas) y salió tan ignorante como fuera admitido con su cheque
millonario; conocido por la vida libertina de un hijito de papá explotador de los
humildes, es hoy un ’líder’ de la libertad venezolana… y parece que hay cientos de
miles que le siguen…
¿Qué, siempre han sido ciegos los venezolanos? ¿Siguieron a Chávez como ovejas
incapaces de pensar y hoy siguen a López del mismo modo?  
Pero entonces; ¿con quién y para qué hablaba Chávez durante ocho horas ante la
TV? ¿Tenía ya en su conciencia que esas ovejas le abandonarían apenas diera un
último suspiro?
Parece que sí, que así fue y así es. La muerte de Chávez con ese cáncer tan oportuno
que algunos ven como ‘made in USA’ recuerda quieras que no la muerte de Sucre en
Berruecos, la de Bolívar en su soledad, la del Che en las selvas que prefirió antes de
una larga vida de frustraciones en el ejercicio revolucionario del poder. Hizo lo que los
bolivianos  cantan pero no hacen: morir antes que esclavo vivir.
Esto es: los santos de la libertad encuentran siempre su Gólgota, sean grandes como
Bolívar o ‘pequeños’ como Luis Espinal.
¿Habrá quien dude de que esas muertes se dieran porque el Pueblo, la Voz de Dios,
los abandonó apenas vieron que otro poderoso los desplazaría?
Pero entonces, ¿en servicio de quién mueren estos héroes?
¿Es que su ambición de matar el hambre y la miseria, la explotación y la iniquidad es
tal que la Voz de Dios no puede concebirla?
¿Es posible que el fin de las plutocracias internacionales jamás sucederá y que la
esclavitud, la prostitución infantil y el uso de seres humanos como basura que habla y
asesina será un ejercicio eterno?
La Voz de Dios, tan caprichosa como una prostituta ignorante, parece afirmarlo:
ningún sacrificio de los campeones de la libertad valió ni vale dos granos de arena;
sirven sólo como anécdotas interesantes: Bolívar fue un loco desmesurado. Su lucha y
sus victorias, sus derrotas, sólo son buenas para esos libros escritos por viejos
burgueses e hipócritas. Sucre es como Aladino: un héroe de cuento y nada más. La
sangre y el dolor y la violencia son la música de cada día hasta el fin de Universo: sólo
sirve para bailar este absurdo que es la vida cotidiana. Todo ente nace y muere con
su cruz y debe cumplir su destino; unos buscan la libertad, otros la asfixian a golpes.
Cada quien es lo que es y cada quien ejecuta aquello para lo cual nació… Nada es
más sencillo.
¿O es que las masas son en realidad pueblos enfermos?
Un burgués escribió un mal día un libro con ese título y lo dirigió contra el segmento
que era considerado animal y no humano entre los pobladores de su desgraciada
patria: dijo que los indios eran el pueblo enfermo y los mestizos y ‘blancos’ eran sanos
y buenos, o algo parecido. Si hubiera tenido cojones para la verdad ya entonces
hubiera tenido que aceptar que los ‘no-indios’ eran en realidad los enfermos y que él
mismo, cogotudo blancón e hipócrita, era el más enfermo de todos. Pero como este
escribidor gozaba de los frutos del brutal apartheid que era su patria, todos, el
escribidor y sus lectores, coincidieron en la misma opinión: los oprimidos y los
esclavizados son los enfermos, sin duda alguna. Así siguió este cuento desde hace
500 años y poco ha variado en verdad, aunque algunos digan lo contrario.
Veamos: Cuba.
Además de su milagroso progreso en cuanto a educación y medicina, la Isla es
famosa por la simpatía personal de Fidel el Inmortal y la miseria en que agoniza su
gente para demostrar que una cosa es hacer la Revolución y otra, muy diferente, es
gobernar: su pueblo sigue viviendo una angustiosa miseria y una desesperanza cuasi
eterna: la admiración desde pueblos distantes no se come; la prohibición de salir de la
Isla hace burla de todas las banderas revolucionarias: si no puedo largarme con
viento fresco, ¿de qué libertad me hablan? De una gerontocracia abominable que
niega la tecnología de la fecha a sus gobernados y trata de retenerlos en un eterno
1950, bonita ‘libertad’.
Las dificultades de Raúl el Roedor se parecen mucho a las sufridas por el Mariscal de
Ayacucho cuando intentara gobernar una recién nacida Bolivia: fracasó porque nadie
puede devolver la humanidad en un instante a quienes la perdieran 300 años antes,
forzados a extraviarse entre los vericuetos de una ignorancia abismal; Sucre destruyó
la incipiente economía del país recién liberado al dar los mismos derechos a ‘sanos’ y
‘enfermos’ y lo dejó en poder de las viejas oligarquías (que sabían gobernar como se
gobierna el Chile actual): era la esclavitud en la mina y el campo o un régimen opresor
como el cubano de hoy. Sucre prefirió lavarse las manos y volver a Venezuela, a
donde nunca llegó, como bien lo relata Ramón Rocha en su “¡Qué Solos se Quedan
los Muertos!”, un resumen de las victorias militares y revolucionarias del Mariscal y de
sus fracasos y derrotas como gobernante y “tesorero”.
Así vistos, Fidel, el Che, Chávez, Bolívar y Sucre acabaron todos sembrando en el
mar, si vemos el mar como la aplastante, cerrada, invencible ignorancia de los
pueblos, enfermados por 200 años de ‘libertad política’… ¿Para qué retroceder más,
si con eso basta?
¡Qué increíbles doscientos años han sido!
Una guerra clasista, racista, ‘religiosa’, monstruosa y brutal sin prisa ni pausa: mi
capricho me hace fijar el comienzo de este genocidio constante en la tortura de
Atahuallpa; digamos que allí comenzó el gran degüello. Digamos que no acaba
todavía, no acaba. Preguntaba un canalla sin nombre: ¿qué es un venezolano?, para
carcajearse al tiro: un animal que no sirve más que para tirarlo al mar. Todas nuestras
naciones conocen definiciones de sus nacionales humildes como esa, inventadas por
los ‘caballeros’ de corbata, perfume y querida: miren nomás al roto chileno…
Todos los que aún respiramos hemos vivido días de persecución, angustia, tortura –
unos en carne propia, los muy menos; los  muchos más en chismes de  vecinos,
rumores horripilantes y denuncias corajudas pero pronto acalladas. Todos somos
ovejas asustadas que tratamos de agotar nuestros días insertando algunas horas de
olvido y exceso: ¿dónde se celebra más y mejor el Carnaval que entre nosotros? El
mundo admira la alegría de los colombianos hasta el extremo de olvidar sus
generaciones desgastadas en el asesinato de sus propios hermanos. ¡Con cuanto
buen humor han sembrado cadáveres sin contarlos nunca!
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Arturo
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3/4/14