Ausencia Presente

Fue cuando estaba sentado en primera fila, feliz y tranquilo haciendo el papel de autor famoso – ‘Buenas
noches, Don Arturo’, ‘¿Cómo te va, Joaquín?’ – cuando le pareció que el ojo le fallaba porque vio la
sombra que le indujo un miedo helado justamente al lado izquierdo de la presidenta del jurado, esa bruja
negra que él había aprendido a llamar Raquelita en 40 años de dulce vida conyugal.
Un parpadeo dejó la silla vacía pero del susto nadie lo salvó. Quieto durante diez minutos, rogó a Belcebú
que le protegiera y sí, pues, la silla estaba en verdad vacía y así se estuvo hasta que la vieja se calló por
fin. Mientras las gentes se retiraban estorbándose al tiempo de estrechar manos, decidió por milésima vez
que debía aclarar las cosas ya mismo para morirse tranquilo cualquier día de esos.
Apenas lo decidió se repitió la imposibilidad de semejante emprendimiento: no podía andar por el mundo
aclarando que él no era su hermano sino que era el… hermano mediocre. El último, no el primero, por
siempre y para siempre. El arquitecto cuyas obras brillaban por su ausencia en su ciudad natal, el pintor
cuyas telas desfallecían en un sótano, el poeta cuyas letras no le había alcanzado para llamarlas poesía, el
novelista cuya única obra había sufrido un misterioso evento de cirugía a manos ajenas que le mejorara el
estilo porque el suyo era una vergüenza… El que odió al mayor durante 30 años y aprendió de su amada
esposa y su parentela de diplomáticos a ocultar su odio tras una cara de conejo mudo muy conveniente
cada vez que se viera obligado a soportar las periódicas visitas del odiado.
No que no mereciera su odio, se decía con convicción mientras eludía el abundante lumpen que había
venido a sobre-poblar la universidad y escupía un gargajo de bilis bajo la llovizna nocturna: ‘Me abandonó
a los ocho años y yo le creí cuando prometió que volvería… y lo esperé y lo esperé y lo esperé hasta que
por fin entendí que nunca retornaría. Si no vienes para mi graduación, le escribí, todo será diferente…’. No
vino y todo ha sido diferente’.
Escupió otra vez y cruzó la avenida y se metió en su Jeep. Se quitó la gorra francesa comprada en París y
sacudió el saco de cuero…  y empezaba a sentirse más cómodo en su esqueleto cuando recordó que
también eso le estaba copiando al odiado, hecho el francés en París y en una foto del Internet. Mierda, se
dijo, aunque no juraba nunca. Se agachó como acostumbraba agacharse y se quedó mirando el farol de la
esquina, pálido bajo la lluvia. Debajo del farol estaba parado el otro, mirándolo con una sonrisa burlona.
Parpadeó asustado y el otro se esfumó pero le dejó su sonrisa burlona. Encendió el motor y arrancó lento,
en la esperanza de que los demás vinieran ya como si no recordara que la bruja negra necesitaba
despedirse de cada acólito y seguidor. Maldijo y se decidió. Doy una vuelta y vuelvo, dijo en voz alta.
Dio una vuelta pero no pudo volver porque el tráfico en la ciudad era en verdad endemoniado; estaba por
decidirse por un chuflay cuando la idea le cayó encima como el soplo de un lanzallamas: ‘Debe haber
muerto el muy canalla, y por eso viene a molestarme’. No supo si lo que le asfixiaba era miedo o alegría.
Agradeció a su suerte el coche parado por un buen rato. ‘Si, si,’ se agarró de su tabla de salvación, ‘debe
haber muerto; Ya era hora. Ahora puedo ser él cuando me dé la gana…’ Se tragó la tentación pero no
antes de reconocerla con perfecta claridad. ‘Qué culpa tengo yo si los demás nos confunden…’
Caprichos del subconsciente: se vio el día ya lejano aquel en una feria del libro cuando por fin pudo, sin
querer, lo confesaba ahora, sacarle el colmillo al odiado, así fuera de perfil, y fuera cuando el autor de
“Bulevar”, el amigo Adolfo Cárdenas, reconociera al  exiliado ya famoso por muchos años y esperara que
lo presentara como se debió, pero él, este de aquí, el menor, farfulló ‘no vale la pena’ con un gesto de
desprecio por su hermano que dejo boquiabierto al sorprendido autor.
Tal vez fuera entonces que el odiado se diera cuenta de que era odiado, se preguntó ahora. Pero no,
porque durante años ambos, la bruja negra y su marido, se dedicaron a  chismorrear y criticar al hombre y
su deleznable obra ante propios y extraños, sobre todo ante los mostrencos que estudiaban con la bruja
en la U, y el odiado siguió visitándolos de quinquenio en quinquenio. ‘Nunca sospechó nada, el idiota, a
pesar de mis largos silencios’. Treinta años, se dijo ahora, no son moco de pavo.
Y fue allí cuando el arquitecto, poeta, escritor y pintor se preguntó cómo fue posible que nunca pudiera
articular su odio una sola vez y por escrito durante esas décadas.  Se topó con sus propios ojos en el
espejo retrovisor y vio la sonrisa burlona y el hombre debajo de otro poste.  Parpadeó y no fue nada.
Los coches se movieron por fin bajo la lluvia y avanzaban como orugas hasta que un crujido metálico
anunció otra pausa corta o larga. Sintió que este instante de soledad sería como una confesión.  Metió la
mano a la guantera y sacó el recorte. No necesitó leerlo; lo conocía de memoria:

Viernes 16 de diciembre de 2011
Con un lleno total, PATAS ARRIBA TEATRO presentó la obra “Chojcho con Audio de Rock P´ssahdo”,
adaptación del cuento de Adolfo Cárdenas Franco.
Gracias a los comentarios positivos de Raquel Montenegro, Michela Pentimalli, Maritza Wilde, Arturo Von
Vacano y muchas otras personalidades entendidas en el arte que nos impulsan a seguir trabajando con
humildad, energía y perseverancia.

Típico, claro y evidente. Recordó una docena de oportunidades en que intentara corregir el error: ‘No, si
yo soy el hermano… El mayor es….’, para nada. Hubo quien le escuchara atentamente antes de
contestarle: ‘Si, pues, Don Arturo’. Y, por fin y porque era tarea de Tántalo, decidió callarse una vez,
callarse dos veces y callarse siempre mientras se metía en su nueva identidad como si fuera un abrigo.
Nunca se le ocurriría que eso también era un robo.
También, porque la larga ausencia del exiliado permitió que los tres hermanos se gastaran su parte de la
herencia maternal, cien mil verdes, vendieran la casa manzana de la discordia y no le enviaran un saludo
siquiera.
-- “Pero yo no recibí un centavo tampoco; fueron ellos dos… Yo soy inocente”.
No tan inocente, se confesó, pero bastante inocente. Fue que no me atreví a pararle el carro al bestia del
hermano forzudo. Fue que les tengo miedo a los dos. Fue que…
Sentado en una banca de piedra y mirándolo muy triste, el otro no sonreía. Tenia al lado al difunto, al que
se muriera en Navidad llevándose sus secretos. Esta Navidad última. Tampoco tuvimos la decencia de
anunciarle esa muerte, y menos dejarle saber por qué, de cómo ni de qué murió nuestro primer muerto. Ni
una palabra. Sólo resentimiento y, ¿por qué negarlo? Odio.
Odio que nunca pudimos explicar. ¿No es extraño? Ni nosotros, los académicos, ni él, el forzudo
tecnócrata. Nunca hallamos las palabras necesarias… Como ratas, nos metimos en nuestras cuevas,
agachados y en silencio. Sólo la bruja negra puede seguir fingiendo que somos gente de sociedad.
Atisbó por el rabillo del ojo a los dos hermanos muertos y agachados en el banco de piedra y sintió una
lágrima caliente que se tragó con los mocos. Si algo sabía ya era que habría que dejar que los muertos
enterraran… La banca lucía sola bajo el farol triste. …a sus muertos. Aceleró en su deseo de dar la vuelta,
recoger a los suyos, meterse en  cama y abrazarse a la bruja negra para dormir por un rato.
“Buenas noches, Don Arturo”, el portero, viejo y doblado en dos.
“Buenas”, aceptó su condena.
Los jovenzuelos parecían ir saliendo de cada puerta y cada ventana, casi en plena oscuridad. Las luces de
los autos dibujaban inmensas siluetas en la neblina baja. Sentado y solo, helado de frio o de miedo, triste
como alma en pena pero con la misma cara de conejo mudo bajo la barba tolstoyana que usaba como
máscara, recordó el rostro de su padre, al que nunca pudo conocer bien porque el hombre lo abandonó
en kindergarten al morirse.
‘Dicen que era un hombre bueno’ se dijo. ‘Pero no puede ser… ¿Con hijos como nosotros?’
SIGUE