4 Mi Periodismo

Mis 30 años de periodismo no fueron sino un paréntesis en mi labor cotidiana, la de pespuntear
ficciones. La vida es absurda y crea tales circunstancias: un paréntesis de ocho o nueve horas de
periodismo me compró un par de horas diarias para ensayar mis ficciones, y así me he gastado la vida
toda... Exagero: así me la hubiera gastado si el Sistema me lo hubiera permitido.
      Viniendo de donde vengo en el espacio y el tiempo, pertenezco al periodismo aquel que era
apenas un oficio como la carpintería o la pesca; no se aprendía en aulas ni universidades, se practicaba
arriesgando el pellejo a menudo y, en su aureola heroica, se componía también de arte, bohemia,
aventura y exceso. Se lo aprendía ejercitándolo y se conquistaba un lugar entre sus menguadas
legiones sobreviviendo sus amenazas; no existía cartón ni diploma que certificara el oficio, pero bastaba
una mirada para reconocer a otro gladiador legítimo: para nosotros, tan pocos siempre, se hicieron la
estrella inalcanzable, la quijotada, la defensa de la causa perdida, el sacrificio anónimo.
      Porque es así como podría buscársele una definición a mi periodismo: los mejores son los
condenados al anonimato porque el anonimato es el premio de la Verdad, así, con mayúscula. No hay
publicación que carezca de intereses creados, así como no hay periodista que no acabe por descubrir
los del medio que le publica; así, la fama es muy a menudo resultado del compromiso que mata el
servicio de la Verdad en el famoso y reduce todo al precio pactado de una conciencia. La alternativa
ineludible del que nació con una conciencia muy cara es, pues, el "fracaso" profesional y un anonimato
forzoso: un éxito bien entendido. El "éxito" mal entendido pero más frecuente lleva al público a comparar
la profesión del comunicador social con la prostitución porque ambas dan "fama" de un modo similar.  
      Visto así, y si se lo practicara durante décadas para vivir, sería en verdad un triste oficio, casi tan
triste como un cementerio de elefantes, calificativo que se aplicaba entonces a toda sala de redacción
donde medraran periodistas viejos. Pero emprendido como carrera de una década, digamos partiendo
de la adolescencia, puede ser una aventura magnífica que permite ver y vivir mil vidas, rompe fronteras
y privacidades y confiere privilegios que no por temporales son menos agradables. Así, sería posible
decir que quien no fue periodista a los veinte no tuvo corazón y quien lo es a los cuarenta no tiene
sesos... a menos que acepte la alternativa de obsequiar su trabajo desde los 30, práctica que cultivé
hasta aburrirme.  
      Dueño de una conciencia cara, mi carrera periodística se limitó a tomar en serio la libertad de
expresión, no tanto porque quien tuviera derecho a decir lo que quiso y a veces pudo decirlo fuera el
suscrito, sino porque decirlo era un deber evidente, o así lo vi yo, dadas mis circunstancias. Para
desgracia mía, nací en latitudes que aún hoy no conocen esa libertad; viví las décadas del terror militar
latinoamericano y aprendí bien pronto la máxima suprema de la prensa capitalista, "la libertad de prensa
termina en la mesa del propietario del medio", y su versión socialista, que mata esa libertad bajo el puño
del comisario censor; hoy la entiendo de un modo distinto: la libertad de expresión es lujo de quien
puede pagarla en dinero o quiere pagarla con su pellejo. Pero, ¿qué adolescente de corazón bien
puesto habría de creerme?
      En la práctica, mi experiencia se limitó a luchar por ver mis líneas impresas tal como las redactara y
firmara, rechazar su publicación si eran alteradas en su sentido exacto, no lato, perder el empleo si tal
compromiso resultaba imposible y conseguir otro para repetir ese proceso. Fui despedido más veces de
las que recuerdo, pero fui contratado casi tantas otras, razón por la que no me avergüenzan esos
despidos.         
Acostumbrado a decir las cosas claras y olvidar las probables consecuencias de semejante debilidad,
comencé disputando con editores y jefes de redacción y terminé polemizando con torturadores, jefes de
represión, gobiernos democráticos y organizaciones a nivel mundial. El anonimato de que hoy gozo es,
como anoto, el desenlace fatal en mi caso. La satisfacción que siento por no haber doblado el testuz ni
haber servido intereses bastardos es inefable y es mi éxito: nadie, entre cinco mil millones de bípedos
parlantes, puede acusarme de haber ensuciado mi pluma, de haberla vendido, de haber dicho blanco lo
que era negro... Es la única satisfacción que me queda, pero me basta y sobra, porque me hace
singular: no dudo de que existen colegas que se saben dueños de la misma "distinción", pero... ¿Dónde
están? Sólo los servicios de seguridad de dictaduras y democracias los conocen, me imagino yo.
      Este es el momento álgido en que la palabra "ideología" reclama su definición: no siendo
minusválido mental declarado ni pudiendo vender mi conciencia, era imposible que pudiera servir a un
Sistema desde el minuto mismo en que aprendí a leer; nacido y perseguido en la ignorada colonia
económica y cultural que me asignara la fatalidad, vi una versión andina tragicómica y mínima del
devenir mundial y del siglo durante mis primeros seis lustros: al nacer yo, mi lar era hacienda de tres
oligarcas; una década después vi colgado de un poste al primer mártir nacionalista cuya muerte
anunciaba la Revolución que luego vería triunfar, desvirtuarse y fracasar antes de alcanzar yo mi cuarta
década, y después vegeté asfixiado entre dictaduras militares en mi valle y en los vecinos antes de
abandonar casi por azar el Continente de la desesperanza.
      Algunos dicen que el Che murió como murió porque los campesinos a los que fuera a liberar en mi
valle habían vivido ya experiencias revolucionarias y que confundieron la local (falsa) con la Revolución
(verdadera) importada: porque nuestra revolución fue la mejor vacuna criolla contra la Revolución del
Che, el Che fracasó... Lector insaciable, curioso desde el destete y un tanto privilegiado gracias a los
sacrificios de mi padre, conocí en persona a los principales actores de nuestra revolución hasta el punto
en que tampoco pude defender jamás ningún Sistema ni menos identificarme con uno. Si nacido para
zapatero, mi suerte hubiera sido tal vez menos incierta, pero apenas vi mis primeras líneas publicadas
me hallé ante la disyuntiva ideológica y la solucioné en público como anoto, adoptando la única posición
posible, que yo llamaba independiente pero era absurda a todas luces prácticas.
      Sin amigos ni cómplices en las derechas ni las izquierdas, mis experiencias sólo incluyen media
docena de instantes en que un desconocido emocionado y agradecido validara estrechando mi mano
alguna de mis protestas publicadas. La adopción de una posición ideológica, así fuera sólo para
proteger a mis hijos, me resultó imposible, y conocí la paradójica tristeza de quien tiene cargos de
conciencia por verse obligado a escuchar su conciencia. Las angustias y los pesares que castigaron
esa independencia en que nadie creyó, como los temores por la suerte de los míos, no pueden
resumirse; diré tan sólo que son la horrible tortura cotidiana de quien pierde su libertad. Pero, porque
mi tragedia personal tomaba su debida dimensión ante los sufrimientos causados entre miles de
compatriotas por dictaduras feroces como las de Banzer o García Meza*, cada protesta se me escapaba
de entre los dedos hasta verse publicada antes de que me dominaran los temores a represalias reales
o imaginadas; no siento particular orgullo por haberlo arriesgado todo en algún artículo de prensa. Los
lancé porque lo creí necesario; publiqué mis protestas porque los mejores ya habían sido acallados. Eso
fue todo.
      Pero hubo muchas diferencias entre Luis Espinal* y yo: Espinal nació para ser mártir y lo es. Mi
falta de fe en figuras públicas, movimientos políticos, banderas, símbolos y grandes ideales incluye,
dados mi oficio y mi experiencia, a los pueblos de la tierra, que me encapricho en ver como uno solo. Yo
aprendí en la infancia que los pueblos no tienen memoria; vi fracasar los "ismos" en un destello
histórico: mi valle vivió un comprimido político del mundo durante mi juventud. Nunca pude hallar, y lo
lamento profundamente, principio humano por el que daría con gusto el aliento. Esa es la garantía de mi
soledad: no conozco entidad, institución ni icono que justifique mi sacrificio personal. Y es que temo y
desprecio a las masas y temo y detesto a sus capitanes; entiendo como su esencia humana la
diferencia entre su verdad y su leyenda; ruego a los dioses que ni masas ni capitanes me hagan
sombra; nada más pido, pero sé que es en verdad mucho pedir porque no hay bestia mala como el
hombre.    
      Aprenderlo, empero, tomó cierto lapso; por ello, mi carrera se hizo de muchos días divertidos y dos
o tres tragedias; fue un sendero hecho de simas, desiertos y cimas, algunos accidentes que no quiero
olvidar.


*Luis García Meza, brutal dictador que se apoderó
del país por algo más de un año, fue cabeza
del narco-militarismo antes de salir huyendo y
terminar su historia, casi una década después,
en la prisión de Chonchocoro, de
donde saldrá cualquier día a causa de un callo mal curado.
 
* Luis Espinal, jesuita, hombre de cine y periodista,
nació en España pero eligió venir al Altiplano para morir como mártir y héroe por
este pueblo tan solo en su agonía. Fui su amigo,
bautizó a mi hija y tenemos por siempre un lugar especial para Lucho en nuestro corazón.
Fue torturado durante nueve horas por los asesinos
de García Meza, todos huéspedes de Chonchocoro hoy,
convertidos a un “nuevo cristianismo” que habla inglés.

(De
Memoria del Vacío)
Abuso