‘En la mayoría de los medios de comunicación de Bolivia, las
opiniones de este escritor fueron vetadas y no son difundidas por
las características polémicas de sus argumentos."

Blog del boliviano Ciudadano K
sobre Arturo von Vacano


‘Antón’, a los 50 años de su ‘Apocalipsis’
William F. Gildner - New York Journal

Al cumplirse el medio siglo de la publicación de
“El Apocalipsis de Antón” su autor descubre que
“…lo que más tarda en morir es el odio”.

WASHINGTON - Más que una entrevista, fue un accidente. Llegué a su casa interesado en la
educación de los niños latinos en Arlington, Virginia, pero, claro, había leído varios de sus textos. Al
salir después de lavarme las manos espié un ejemplar de su libro en su mesa de luz.
Tendido en cruz y desnudo en un taparrabos, el autor dormitaba. Abrió el ojo para descubrir que yo
tenía entre las manos el ‘Antón’ y lo ojeaba con interés.
“Si lo quiere se lo lleva”, dijo, iniciando la conversación.
“No. La verdad es que ya tengo el mio”, dije para continuarla.
“Me alegro, porque yo apenas tengo otro”.
Me miró de pies a cabeza e hizo un esfuerzo por sentarse en la cama. Giró sobre sus nalgas y, ya
sentado, preguntó quién era yo. Le di mi nombre sin esperar que le sirviera de algo. Me equivoqué.
Hurgó por un instante entre sus papeles y extrajo un ejemplar abierto de la revista. “Hoy es día de
coincidencias”, dijo, reconociendo los reconocimientos mutuos. Estiró un brazo y atrajo la silla de
ruedas. Es de paja con ruedas que giran sobre el eje que las sujeta. Son cómodas.
“Allá estaremos tranquilos”, dijo, dando la impresión de que salíamos de viaje. Pasó delante mio
manejándose con las manos contra las paredes y me condujo a su estudio, una pieza de dos por
cuatro donde lee y escribe, a cinco pasos de su cama.
Bajó las persianas para apaciguar al sol ardiente del Sur en verano. Se ubicó ante la ordenadora  y
me señaló una silla. “Aquí, la foto”, dijo sonriendo. “He soñado tantas veces con este momento que
me lo sé de memoria”. Le di el gusto. Hice la foto.
“Cuénteme sobre eso”, dije luego, señalando un trozo de papel naranja dentro de un marco en la
pared sobre el que veía un texto.
“Un texto sobre papel higiénico”, explicó. “Es un texto legendario. Por lo menos aquí, entre estas
paredes. Dice: ‘Estamos bien. Los chicos perfectamente bien. Yo igual. Dios mediante todo se
arreglará. Hay mucha gente interesada. Besos. Marcela’”. Hice la foto, no supe bien por qué. “Fue
cuando los verdugos de Banzer me arrestaron. Ella, la verdadera heroína de esta larga historia, me
sacó de esa celda. Fue una de las once veces en que me salvó el pellejo. No es parte de esta
historia. Lástima.”
“Esa historia se publicó el 80”, dije, “Muchos la conocemos”. Lo miré con el ‘Antón’ en las manos.
“Hace medio siglo de que lo publicó, ¿no? Si mal no recuerdo fue en 1972.”
“Así fue. Por eso debe ser que usted está aquí.” Tosió. Escupió dentro de un pañuelo. “El Diablo
debe haberse dado un día de vacaciones”.
“¿Por qué lo dice?”
“Porque siempre trabó una visita como esta, accidental o no. Y porque ha estado haciéndome daño
desde que nací… o antes.”
“Cuénteme más”, dije.  Miró hacia la puerta con aires de duda. “Oh, ellos ya no me necesitan”,
expliqué.
“La cubierta es de Alfredo La Placa”. La miró con satisfacción. “Mi amigo. Me la regaló. Quiero decir
que no me cobró nada. Tuve suerte. Aquellos fueron días de amigos. Muchos amigos. Alfredo fue un
amigo de verdad durante muchos años. Un orgullo para mí: un pintor tan famoso…” La miró otra vez.
Trazo seguro y abundante color, debe ser la cara de quien lleva el Infierno dentro. “Siempre fue
bueno conmigo… En cada visita. Me regalaba un poco de tiempo, una corta charla, una cerveza o
dos, tal vez… Lo necesario para comprobar que algo nos unía y nos une hasta hoy… Creo. No como
el otro: ese me quitó el saludo y no me dedicó una sola palabra después de  ver que yo promoví al
Evo”.
“¿El otro?”
“El Kiko, pues. Mi primo. Arnal”.
Me miró, vacilante. “Usted es el gringo especialista en la Revolución del 52, ¿no? No hay otro”.
Sonreí. “Eso no me hace un experto en cuanto a sus relaciones personales…” Mentí: “…aunque
siempre admiré a este Antón”. No me creyó. “Encontré varios durante mis viajes por Bolivia”, dije.
Algunos, donde no me lo esperaba. Puestos de fruta, socavones, la banca de una plaza… Es
inquieto, su ‘Antón’. Admirable”.
“No. A usted le provocó una jaqueca. Otro más”.
Reí. “No sería para tanto...”
“Pero fue: dígame la verdad ahora”.
“Me gustó cuando lo leí”.
“Gracias. Como ve, decir la verdad es fácil. Ahora sé que usted es miembro de un club muy exclusivo:
el de los que entienden a Antón. Añade a mi orgullo”.
“Cuénteme”, pedí.
“Después del éxito sensacional de mi “Sombra de Exilio” que me convirtió en el Hemingway del
Choqueyapu en 1970…”. Reía. Agitaba la panza. Los ojos le brillaban, picaros. “…decidí escribir el
‘Ulises’ del Orkojahuira”.
Perdió la risa. “Me tomó seis meses, trabajando cada tarde. Vendía pasajes aéreos de ocho a seis.
Insultaba de modo harto fino a los militares en las columnas vespertinas de Morbius en Ultima Hora
que acabaron en tres exilios. Pero lo logré”.
“¿Ya había leído el ‘Ulises’?”
“No sabía que existía. Lo leí luego, en Lima. En inglés”. Vaciló. “No lo entendí, la verdad. Pero no hubo
relación alguna entre ‘Antón’ y ‘Ulises’, claro. No puede haberla. Lo que sucedió es que quise hacer
un experimento con el idioma. Puedo decirle que esos días fueron los de mi primera fama… Si
‘Sombra’  me dio amigos entre los peluqueros y los dentistas, el ‘Antón’ provocó una verdadera
revolución… Hasta hoy en día hay quienes me llaman ‘Antón’ a pesar de lo que ha sucedido”.
“¿Qué ha sucedido?”
“Pues que soy el único autor de ficciones en guerra contra la prensa de un país”.
“Cuénteme”, pedí.
Mejor le muestro, dijo, y se puso a juguetear con las teclas de su laptop. Tardó un segundo.
Leí: ‘En la mayoría de los medios de comunicación de Bolivia, las
opiniones de este escritor fueron vetadas y no son difundidas por
las características polémicas de sus argumentos.
Blog del boliviano Ciudadano K sobre Arturo von Vacano’.
“Como sabe usted, el Ciudadano K maneja uno de los blogs más respetados de Bolivia”, dijo.
“Si, claro que si”. Dije. “¿Pero a qué viene eso?”
“Es una consecuencia de mis opiniones publicadas por unos 50 blogs dentro y fuera de Bolivia desde
el 2005. Defiendo al indio Evo; por tanto, la ‘clase media’ de Bolivia y toda su prensa decide
‘matarme’, es decir, silenciarme. Con ignorarme basta. Por otro lado, el indio Evo y su prensa me
ignoran porque soy un k’ara, un culito blanco, su ‘enemigo’ natural por mi apellido y mi piel. Y así, soy
un paria en Bolivia, un muerto que camina… Es una indiscriminación tan injusta que merece una
protesta, o varias, ante el mundo. Apenas lo vi a usted en la puerta de mi dormitorio supe que para
eso había venido”.
“Pues yo todavía no lo sé… Yo no he venido a darle gusto ni puedo hacer lo que usted quiera. Tal
vez escriba mi opinión, tal vez no. Después de todo, soy un profesor universitario, no un periodista”.
“Me bastará que escriba este diálogo, así sea editado…”.
“No puedo prometerle nada… Pero cuénteme sobre ‘Antón’”.
“Casi todos lo han olvidado. Eso no me molesta mucho. Lo que me molesta es la mala memoria
voluntaria. La politiquería. La politiquería lo destruye todo, y lo que más tarda en morir es el odio.
¿Puede usted creer que se puede odiar también en el mundo de los libros?”.
“Pues claro: los autores son unos divos. Celosos, envidiosos, odiadores. Todos lo sabemos”.
“Pues yo nunca creí que llegaríamos a tales extremos’.
“Cuénteme: ¿jamás expresó su odio contra algún escritor, contra un crítico?”.
“Jamás en voz alta ni por escrito fuera de estas cuatro paredes. Jamás juzgué ni odié a nadie de mi
oficio. Hasta hoy. Hoy cambiaré esa política”.
“¿Por qué?”.
“Pues, porque aprendí el odio. Me dejé atrapar. Fue algo reciente. Y voluntario”.
Tocó con un dedo el anaquel en el que tiene sus libros, una docena o dos.
“Cuando publiqué el ‘Antón’, como le contaba, provoqué una verdadera revolución en nuestro
mundillo de las letras. Nadie lo recuerda ahora, pero le dedicaron muchas páginas en Presencia, que
ha sido el único diario con un verdadero suplemento literario. Quien más, quien menos, todo el que
era alguien opinó sobre ‘Antón’… y no recuerdo una sola línea negativa. El Avesol, el punto de
reunión forzado de escritores y lectores, dedicó dos semanas para leer los textos del ‘Antón’… Ningún
libro boliviano provocó tanta bulla al nacer en Chuquiago. Nunca, nunca. Espere”.
Abrió la puerta de un ropero y sacó una colección de recortes de prensa. “Aquí están todos los que
eran… y algunos más. La primera fue Gaby Vallejo… y los demás fueron cayendo. Acá están.
Aplausos para ‘Antón’. Haga la foto”.
“Pues nunca me lo contaron…”.
“Es que no saben qué hacerse de mí…  A lo único que atinan es a criticarme por mi edad o por mi
apellido… O a aplastarme con su silencio. Cuando publiqué en el Internet mis opiniones sobre los
primeros años de Evo recibí (no exagero) miles de mensajes de apoyo y crítica… Fue lo que se dice
un éxito. Cuando publiqué ‘Memoria del Vacío’ en Comteco capturé 45.000 lectores… Más de cien mil
visitas… Acá está, mire: lo dice Comteco, no lo digo yo. Simplemente increíble, en un país donde una
edición de mil ejemplares es un lujo… Pues, apenas los ejecutivos de Comteco se dieron cuenta de
este éxito hicieron desaparecer ‘Memoria del Vacío’. Despidieron al hombre que hizo ese blog, el
mejor de esos años, y convirtieron al blog en la basura que usted ve hoy. Con cosas así y porque
nada cambia en Bolivia, indios o no indios, uno aprende el odio. Cómo no, ¿pues?”.
“¿No exagera usted? Muchos lo recuerdan. Alguna vez escuché…”.
“Si, durante los años de democracia después de los militares. Los 70, los 80. Entonces estuve de
moda. Hoy, con el indio Morales convertido en burgués y la nueva elite rosquera y reaccionaria con
las riendas en las manos, la cosa es diferente: con decirle que también al Chueco Céspedes lo
ignoran… Si decide escribir usted, no olvide mencionar a los ‘fundacionales’, los libros rosqueros con
los que quieren matar a toda la literatura boliviana de izquierda porque la niegan de un plumazo”.
“¿Cree usted que lo lograrán?’.
“Si, porque los lectores del Chueco, los revolucionarios de verdad, han aprendido a leer recién hace
cuatro años y porque sus seguidores naturales son los bolivianos humildes que nacen hoy. Los
‘fundacionales’ lo saben y por eso tratan de enterrar o quemar los libros de la izquierda boliviana”.
“Pero… a estas alturas y a sus 70…
“74”.
“74 años, yo creo que usted ya no está para resentimientos, odios ni esas maldades. Usted ha visto
ya como las glorias del ayer son humo y ceniza hoy…”
“Eso es lo más triste. Como le dije, me he dejado atrapar por el odio. No hace un año de ello. Pero
esa es otra historia. ¿No se aburrirá usted?”.
“Cuénteme”.
“Es la historia de mis guerras contra el Diablo… y de cómo me venció. Ahora sé que iré al Infierno”.
“Cuénteme, pues”.
“¿Le sacará la foto al Diablo?”
“Si lo veo por aquí, si. ¿Dónde está?”
“Acá”, dice, y me señala su rostro reflejado en la pantalla negra del laptop.
“No saldrá nada”, digo, pero le obedezco. “¿Cuándo irá al Infierno?”
“Este año… Las piernas ya comenzaron a arderme”.
“¿Cuándo conoció al Diablo?”
“De muy niño, pero eso no es importante… El primer golpe bajo que me dio fue cuando perdí el
Premio Guttentag. Yo sabía que los premios son una mafia, desde el Nobel, pero decidí probar que
éste también lo era, si lo era. Presenté mi ‘Sombra de Exilio’ con las hojas del manuscrito pegadas
con goma. Cuando perdí el premio y me lo devolvieron, las hojas del manuscrito seguían pegadas, tal
como lo entregué. Con eso me bastó. He denunciado esa trampa durante sesenta años, desde que
se cometió. Como ante todas las canalladas, importantes o inanes, los bolivianos optaron por hacerse
los cojudos… En eso soy diferente. Debe ser porque he viajado bastante”.
“Pero…. Y… ¿En qué quedó eso?”
“En nada, pues. ¿En qué iba a quedar? Dos años más tarde presenté otro manuscrito, ‘El
Malentendido’. Para entonces yo era el Hemingway del Choqueyapu gracias a mi “Sombra”. Otra vez
me robaron el premio. El libro ese es ‘muy íntimo’, como trató de explicarlo un juez cómplice. El
organizador trató de contentarme con un segundo premio, un cartón de colores que tiré a sus
embarrados pies mientras le mentaba a toda su linajuda parentela. Dos días más tarde, Presencia
publicaba una de varias protestas contra la elección el libro ganador… Se burlaban del titulo: algo
sobre un oscuro sol… Aquí está la nota. Quiero decirle algo: la autora de esa novela es una poeta de
merecida fama en Bolivia y fuera de ella. Es también una verdadera dama. Y es pariente mía, cómo
no, por el lado de mi madre. De modo que cuando la visité hice lo imposible por asegurarle que la
divorciaba de las cochinadas que le cuento… Sé que ella era incapaz de asociarse… Lo que pasa es
que ya no hay gente como ella.”
“Pero nada cambió, ¿eh? Dejaron todo como estaba”.
“Así se gana el Cóndor de los Andes, pues. Por eso mi política de toda la vida ha sido no participar ni
aceptar esos ‘premios’, con dos mínimas excepciones. Ni uno ni el otro me dieron la opción de
rechazarlos: me los dieron de golpe, sin avisar, antes de que yo pudiera reaccionar…”. Ríe con
ganas. “Pero ambos son de gente de buena fe”.
“Y no tienen que ver con el Diablo, ¿no?”
Ríe otra vez. “Eso, no lo sé. Pero sé que son buenas personas”.
“¿Otros encuentros con  el ángel maligno?”
“Hubo otros en que sufrí daños y robos, pero no están relacionados con libros. El siguiente fue de
antología y tuvo por estrella a otro boliviano… Boliviana, mejor dicho. Rosario Santos. Ella trabajaba
en una especie de aduana intelectual en Nueva York. Con la bendición de ese lugar, cientos de libros
aceptados eran traducidos, publicados y promovidos. Mi sueño realizado, en una palabra, ¿se
imagina usted? Bueno, Santos lo destruyó con dos palabras y se negó a verme a pesar de este
informe que ella misma ordenó… Es muy largo, lo sé. Pero lea usted este párrafo, por lo menos…”.
Leo: ‘En sus profundas observaciones de la corrupción política e individual Morder el Silencio se
puede comparar con ‘Conversación en la Catedral’ -- en su afirmación ética y tormentosa a los
trabajos de Solzhenitsyn. En su sombría mezcla de historia e imaginación, a ‘Pedro Páramo’.
“Nunca pude entender la conducta de Santos. Mi libro merecía su ayuda. Yo no la conocía antes de
visitarla. Nunca pude adivinar por qué me hizo semejante daño. Vive en La Paz, me dicen. Sé que irá
al Infierno, así que ese es mi único consuelo. Allí conversaremos”. Suspira.
“Lo más extraño es que la gente que más daño me hizo es gente a la que nunca conocí, ni bien ni
mal… Totalmente extraños, con tres excepciones”.
“Mire usted”, dice. Tiene dos ediciones del libro en las manos. “Me tomó siete años vender este libro.
Precisó otros siete para lograr una segunda edición. Ahora, solo y sin ayuda de nadie, es citado en
libros de autores muy diversos, como este, mire”.
Miro y leo: Don’t ever get mixed in politics because it’s no place for decent men. //But if you leave
politics to indecent men, you hand them the country in a platter. [Arturo von Vacano – Morder el
Silencio (1980)] // Page #150 -‘The Time of the Generals’ by Frederick M. Nunn.
“Lo leen en todas partes, sin un centavo de publicidad. Tengo otros siete libros que lo citan…”
“No se moleste”, digo. “Basta con esto”.
“¿Se imagina usted donde estaría ahora este mi libro si esa gente hubiera sido decente? Y
contésteme, si puede: ¿por qué fueron indecentes, si ni siquiera me conocían? ¡Es algo para
desesperar!”
“¿Pero no será el Diablo…?”
“A veces no sé qué creer... Cuando gente como el Cachín…Cochín…se da la vuelta, todo es posible”.
“Cuénteme”.
“El Cachín, pues… El Cachín”.
“Si, claro. Lo conozco. El crítico”.
“Y profesor. Celebrado guru. Respetado juez literario… Maestro de generaciones… Cochín, al final”.
“Cuénteme”.
“Cachín escribió La  presentación de mi ‘Morder el Silencio’. Escribió un comentario largo y otro
larguísimo cuando parecía que el país entero se ocupaba del ‘Antón’. Aquí… y aquí están ambos.
¿Los ve? No le pido que los lea porque son en verdad largos, pero puede leerlos cuando quiera, aquí
mismo”.
“Bueno… ¿Pero qué hizo?”
“Le puso la lápida al ‘Antón’. Este año. Con una sola frase: ‘No tiene trama’.
“¿Eso fue todo?”
“Todo. Ni una palabra para la revolución que armó el ‘Antón’ al nacer… Ni una palabra sobre lo
opinión de Augusto Guzmán… ¿Se la mostré?”
“Pues, no”.
“ Aquí esta… Debería ponerla en un marco de oro, yo. Lea”.
Leo: “Libro que hay que disfrutar. Por eso no necesita comentarista sino lectores, para identificarse
con su pueblo cuyo espíritu y cuyo rostro ha estampado Von Vacano con estilo vigoroso, matizado y
perdurable. Ese libro magnífico es "El Apocalipsis de Antón" que hay que repartir entre la gente como
el pan de trigo y como la sal”.
“Bueno, Don Augusto no escribía al gusto de cada audiencia”, dice. “Por eso es Don Augusto”.
“¿…y con esas palabras celebrará usted el medio siglo de su ‘Antón’?”
“Lo único que puedo celebrar es la suerte de haberlo escrito y el placer que me dio al escribirlo…
Pero será una celebración solitaria”.
“Ah, claro. Está lo del odio, ¿no?”
“No. La verdad es que no hay nadie más en este mundo interesado en el ‘Antón’. Nací en el lugar y el
momento equivocado. Un error que nunca pude corregir. Es justo, pues, que celebre solo en mi
soledad su medio siglo… O, si lo prefiere usted, en compañía sólo de mi ‘Antón’’.

7/14/2012