2 - Anomia y Odio

En un medio en que se confunde cultura con folklore no es extraño que no se hayan escrito muchas obras
dedicadas a estudiar el estado psicológico del pueblo como tal, a detallar la anomia evidente que sufre y
sus causas, a investigar cuánto es dable de esperar para sus gobernantes y qué se puede conocer sobre
los gobernados, cuánto pueden dar si dar quisieran. Es aparente el hecho de que los estudiosos de estos
temas, si es que existen, no pasan de las perogrulladas de siempre, frases como la de que todo
gobernante tiene el pueblo que se merece, o pequeñas verdades como la de que ni Cristo podría
gobernar a los bolivianos. “El misterio está en la sangre”, como decían los abuelos sin aceptar
responsabilidad alguna.
Un gobierno en verdad débil como el de Morales, (impedido de visitar este o aquel punto del territorio
porque los habitantes de tales lugares se encaprichan en rechazarlo; forzado a compartir el gobierno y las
arcas fiscales con los militares porque estos son más fuertes que el régimen; reducido a solucionar crisis
grandes o pequeñas, constantes, sin tiempo ni oportunidad para estudiar y delinear políticas serias contra
los enemigos del progreso del pueblo como las universidades, semilleros de racismo y prejuicios, y las
religiones importadas o nativas, explotadoras y promotoras de un oscurantismo retrógrada; contra los
enemigos extranjeros, en fin) mal puede intentar un estudio serio de su pueblo como agente de cambio,
como beneficiario e instrumento de la forja de una historia diferente a la ya vivida, de su valor (no coraje
sino potencia).
Poco se ha dicho y menos se ha debatido el fenómeno generalizado que presenta miles de individuos de
indiscutible sangre india (en su cara y su piel la traicionan) que niegan día a día tal herencia y no
reconocen que piensan en quechua o aimara y hablan un español derivado de esos modos de pensar,
pensamiento y lenguaje que produce una actitud muy común que consiste en adoptar una posición y la
contraria ante casi cada dilema (hijas ambas de una constante inseguridad y duda, como si anduvieran
sobre gelatina) y un diálogo político sembrado de absurdos y malos chistes además de un lenguaje
público cantinflesco. Menos se discute en serio la actitud generalizada que consiste en una voluntad de
aislamiento y rechazo del mundo de afuera porque se sabe o se adivina que ese mundo se tragará al
mundillo interno tarde o temprano y destruirá las pocas canonjías de que gozan quienes detestan en
verdad el mundo ancho y ajeno y tienen razones para ello.
Pero lo más urgente y dramático, la huella de décadas de dictadura, genocidio, tortura y profundo
desprecio sufrido hasta el extremo de destruir los valores humanos porque “ya en nada ni nadie se puede
creer” es la ceguera preferida por todos en sus andares cotidianos. Se sabe pero se olvida que uno de
cada cuatro se ha marchado con la intención de no volver jamás; se informa que seis de cada diez viven
de un dólar o dos al día; se comenta que la niñez entre nosotros es un infierno excepto para los
privilegiados, tan pocos; se toma, en fin, como natural una vida civil que es en verdad una constante,
muda masacre. Nada existe ni sucede para nadie, a no ser las víctimas indefensas.
Si se diera en verdad algún curioso que quisiera explorar los meandros mentales y espirituales que
alientan y atormentan al hombre del que todos esperamos un futuro prometedor, ese que se lleva
nuestras esperanzas y que pasa por la calle en este mismo momento, ¿por dónde sería dable comenzar?
¿Con quién o quiénes?
Un objeto que asoma de inmediato es la familia; cada miembro refleja, representa y simboliza su propia
generación; todos, las generaciones en asociación o en conflicto perennes. Si fuera dable mirar dentro de
cinco o seis miembros de una familia como espejo de la gran familia sería posible tal vez descubrir la
esperanza primero, la frustración después, el desaliento luego, la desesperanza general para advertir
finalmente el origen de muchos de nuestros actos bárbaros, del odio entre hermanos, pero también
algunas historias que, aunque parezca mentira, acabaron  bien.
Pero, porque la ciencia no puede ayudarnos, nos ha sido negada y tal vez no haya logrado aún alcanzar
esas pasiones, seccionarlas y explicarlas, sólo nos resta disfrazar la verdad de ficción. Hecha de intuición
y adivinanzas, de realidades inexpresables pero palpitantes, de absurdos y locuras, su popularidad se
explicaría porque dice poco y lo dice mal pero aun así dice más y a veces mejor que los derivados del
Árbol del Bien y del Mal.
SIGUE