Su Opinión
¡Nada menos pero nada más, Marina!
Arturo
Sus Libros
Veo que la levedad con que traté el tema que apasiona a Marina Ari le ha provocado un ataque de
ira mayúsculo y llevado a lanzar una nueva andanada contra los k’aras, esta vez con alientos de
marina de guerra… cosa siempre grata en la juventud, sin duda alguna.
Sin ánimo de debatir nada – yo creo que estoy del mismo lado que Marina; sólo nos diferencian
mis escasas ganas de lanzar granadas de mano periodísticas porque he aprendido que son
inútiles – quisiera decir, apenas pueda salir de debajo de los pedrones verbales con los que
Marina me ha enterrado, que mi principal objetivo al escribir sobre el Problema del Indio fue el de
subrayar y afirmar que es justo apoyar al indio en su lucha por sobrevivir como individuo, como
clase, como tribu, como mayoría parlamentaria y, si se quiere, como equipo de fútbol, y que todo
boliviano de buena conciencia debe colaborar con el indio para que el indio (y todos los indios
actuales y los que nacerán desde hoy hasta el Día del Juicio) ocupen el lugar que les corresponde
en la sociedad boliviana, NADA MENOS, PERO NADA MAS.
En otras palabras: todo boliviano de buena conciencia tiene el deber de condenar el feroz y brutal
genocidio cometido contra los indios desde hace por lo menos 600 años, pero debe combatir con
el mismo entusiasmo toda ambición india de cambiar la historia del país hasta convertirla en un
genocidio de k’aras a manos de los indios, “solución”  que a ratos parece estar buscando nuestra
Marina, más peleadora que la de los rusos.
Todo lo que Marina dice es verdad; no lo niego por un minuto ni defiendo por un solo segundo a los
k’aras. Pero nadie puede borrar 179 años de tragedia. Por el lado de mi papá (hijo de alemán) soy
inocente de tanta maldad y estupidez k’ara; por el lado de mi mamá (ella siempre decía: “Oruro,
París y Londres”) soy en parte verdugo y en parte víctima: estoy seguro de que, de hurgar un poco,
también yo hallaré mis antepasados indios… Una de mis más antiguas bromas es la de ponderar
mi nariz, que parece una papa orureña de media libra. Por eso es que he combatido desde que
nací por los humildes y los pobres y he sido crítico cruel del Colegio Alemán (al que personalmente
debo mucho) porque creaba k’aras con ambiciones de junker. Por eso, y porque vi algo del trato
inhumano que los indios sufrían cuando yo andaba con chupón.
Claro que también vi lo que pasó cuando el Mono hizo cisco del ejército y los compañeros indios de
la mina y el campo se armaron para formar bandas de asesinos y ladrones y vivir de la pistola. Si
así se hace patria, debo decir que tal modalidad no me parece muy aconsejable, porque entonces
sí que cada k’ara con dos dedos de frente buscaría la aniquilación del indio y no pararía hasta
lograrlo. Mire usted lo que pasó al acabarse nuestra Revolución.
El otro aspecto que Marina no parece querer ver en mi nota es aquel que se refiere al continuo
aniquilamiento del indio… Lo que yo anotaba como historia sabida o hecho actual conocido (la
liquidación del indio brasileño, la del indio argentino, la del chileno, ecuatoriano, canadiense y piel
roja) aparece para Marina como una amenaza de mi parte.
Lo que escribí proviene de las guerras libradas contra el indio en otros lugares de esta América
sufrida. Son hechos contra los que se puede decir todo y maldecir mil veces, pero hechos que no
pueden deshacerse ni cambiar: los 179 años de errores que hemos cometido los bolivianos se
vienen pagando con penas grandes y pequeñas, y el que el Inca viera en Pizarro un dios que venía
a castigar sus pecados fue otro error, origen de otros muchos. Tanto k’aras como indios pagamos
y pagaremos cada uno de esos errores… ¿Qué tal si mañana mismo se entran los chilenos a los
Andes y nos vemos obligados a cumplir al pie de la letra aquello que cantamos tan sueltos de
cuerpo, eso de “morir antes que esclavos vivir”? ¿Por cuál lado lucharían Marina y los suyos?
Por eso es necesario criticar a los caciques o dirigentes indios que quieren retornar al Siglo XII
para implantar una utopía que es más imposible hoy de lo que fue hace medio milenio. El cuento
ese de que los indios hicieron de estos parajes un paraíso terrenal de paz y concordia se asemeja
a los de las Mil Noches y Una. Quien enseña a los jóvenes que ese camino es posible hoy en lugar
de enseñarles a hacerse ciudadanos universales del Tercer Milenio para los que las razas son
cosa del pasado miente y engaña a esos jóvenes.  El que los k’aras sean estúpidos de mala fe no
significa que los indios estúpidos de mala fe tienen razón. Ningún crimen k’ara justifica un crimen
indio.
Mientras algunos indios creen hallar la ruta hacia la justicia en la venganza, el mundo todo (todo,
hasta Moscú) se halla en trance de declarar la desaparición de las razas porque todas se han
mezclado hasta hacerse una. Es decir, la especie humana ha descubierto que el final del racismo
como plaga social está en la mezcla de las razas. Ya no hay razas puras. A ello iba yo en mi nota
anterior.
Tal vez sería mejor tomar el ejemplo de los pieles rojas actuales para ilustrar el camino que el indio
del Ande debe seguir para participar de la historia del futuro.
Cansados de ser perseguidos o abandonados en reservas indias donde sólo podían dedicarse a
beber o pelear, los indios norteamericanos actuales se metieron con grandes sacrificios en las
escuelas de negocios de los gringos, esos enemigos de la humanidad, y no pararon hasta abrir
una serie de casinos enormes que les han hecho ricos. Hoy son y andan como les da la buena
gana porque tienen los dólares para comprarse esos derechos.
No volvieron a la vieja costumbre de andar a caballo y coleccionar cabelleras, sino que aprendieron
la nueva costumbre de coleccionar dólares y usarlos para su propio beneficio.
Eso es lo que el indio del Ande debe hacer y no hay vuelta que darle: debe hacerse un ciudadano
del Tercer Milenio, debe educarse hasta fabricar computadoras y cohetes espaciales y debe ocupar
por esfuerzo propio y con todo derecho su legítimo lugar en Bolivia y en la sociedad mundial de las
naciones.
(Sobre esa Nación Aymara de que habla usted con tanto entusiasmo, déjeme decirle que los k’
aras, así malvados como son, son abundantes: hacen la población del Continente y son un
incordio para el gringo, que quiere estrenar ya su imperio mundial. ¿Qué, aparece usted con sus
utopías aymaras a la hora nona? Si seguimos de mala suerte, no serán los k’aras criollos los que
le combatan, sino Bush).  
Decirles a los jóvenes que deben fundar la república de Achacachi y retornar a los tiempos en que
se hacía justicia matando a patadas y pedradas a cualquier ratero es un crimen sin nombre, un
crimen por el que pagarán tarde o temprano quienes usan esas mentiras gloriosas como bandera.
O sea que sí, Marina. Yo haré todo lo que esté en mi poder para que usted y yo compartamos algún
día una mesa de igual a igual. Nada menos, pero nada más. Pero si lo que quiere es vengarse y
busca una matanza de mis familiares y mis amigos, lo que quiere usted es una guerra. Es decir,
otro capítulo de la misma guerra que los indios vienen perdiendo desde Pizarro. Yo odio cualquier
guerra, pero veo como mi deber el de luchar contra quienes declaran que quieren cometer un
genocidio contra los míos.
Usted, que ha estudiado y sabe de genocidios, me entiende, ¿verdad?  
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