El Camino del Mar

El último esfuerzo literario de Ramón Rocha Monroy dedicado a promover la causa
boliviana del mar me empuja a anotar algunas verdades que todos los bolivianos
reconocen aunque a veces lo nieguen y los hitos que se nos aparecen igualmente
claros aunque imposibles o absurdos, actitud que no  deja otro camino que el que
venimos siguiendo desde que perdimos Antofagasta hasta hoy, este 23 de marzo.
La primera gran verdad que todos sabemos y reconocemos en nuestras consciencias
es que lo que se pierde por la guerra sólo se recupera por la guerra.  
Todos sabemos que los intentos diplomáticos del pasado fueron disparates utilizados
por los políticos de turno para aumentar su popularidad a pesar de que fueron los
que mejor sabían que cada intento acabaría en lo que todos acabaron: en nada.
Es absurdo creer, después de la salvaje invasión chilena y de las victimas bolivianas y
peruanas de esa agresión preparada durante años, que esa invasión pueda ser
‘anulada’ por un grupo de caballeros perfumados que representaron, casi siempre, a
la misma clase privilegiada, egoísta y bastarda que explotaba y aún explota a ambos
pueblos.
Es tan absurdo como pensar que Chile puede vivir sin Antofagasta, Arica o el
comercio boliviano que le alimenta durante un siglo ya.
Si robaron y mataron fue porque, como dijo uno sus diplomáticos con sinceridad
meridiana, el mar boliviano y su aparente desierto son ricos; porque son muy ricos,
los chilenos dejarán de ser chilenos antes de entregar esa fuente de riqueza.
Basta conocer la historia de ambos pueblos para reconocer el poder de sus elites
desnaturalizadas sobre un pueblo famélico desde su creación; no fue por nada que la
más bestial reacción fascista que recuerda el Continente lleva el nombre de Pinochet.
La idea de esas elites sobre sus gobernados se ilustra con los años de persecución y
tortura que sufrieron y aún sufren sus ciudadanos. Chile sufre de la plutocracia más
brutal del mundo, después de la de USA.
¡Con cuanta envidia miraron y miran las luchas sociales y los triunfos y derrotas del
pueblo andino, el más pobre pero el más rebelde de América!
Como sucede con nuestro folklore sucede con todo: Chile no tuvo ni tiene nada; lo
que tiene, lo ha robado.
Pero lo ha robado con la complicidad, la cobardía y la ignorancia de las elites
bolivianas que desangraron a nuestro pueblo desde su creación: si los bolivianos no
tienen estómago hoy para leer su propia historia es porque no existe historia similar a
la nuestra en cuanto a traiciones, complicidades, asesinatos, masacres, estupideces y
otras monstruosidades: sólo los masoquistas de oficio podrían tragarse tantas
páginas sin asfixiarse de asco, y por ello es que los bolivianos prefieren olvidar su
pasado (aún el más próximo, como García Mesa).
Parecerá mentira, pero en ello hacen bien, generalmente: ¿de qué nos sirve pasar y
repasar por episodios asquerosos y viles que sólo demuestran la villanía o la
brutalidad de nuestros antepasados como gobernantes?
Si aprendiéramos finalmente que sólo la guerra nos devolverá el mar, comenzaríamos
la muy difícil tarea de hacer consumidores de nuestros ciudadanos, hasta ayer nomás
esclavos o  semi-animales.
Hasta hoy hemos seguido la tarea de agotar nuestros campos y nuestros bosques,
saquear nuestros minerales y buscar todo aquello que tuviera algún valor para
exportarlo del modo más fácil y rápido posible.
Hemos hecho lo que haría cualquier idiota con su cajita de monedas hasta dejarla
vacía: regalarlas a sus vecinos para hacerles creer que ‘también’ es civilizado. Patiño
es considerado hasta hoy un ‘industrial’ de éxito porque pudo crear un ejército de
esclavos para hacer millonarios en el exterior y burócratas criminales en el interior. Su
casa, porque no pudo llevársela, es usada hoy como su monumento y el dinero que
se deja gotear desde Francia como si fuera de Francia, sirve para promover y
defender a los cuatro gatos locales que siguen siendo fascistas de corazón. Ello,
después del 52 (papá, ¿qué es el 52?)
¿Es con ese pueblo, con esa ‘materia prima’, que pensaban recuperar el mar
nuestros diplomáticos? En el Chaco fue aprendimos que, aunque explotados y
reducidos por el hambre y la miseria, éramos un pueblo heroico… pero antes del
Chaco ni siquiera sabíamos que éramos un mismo pueblo.  Por eso debe ser que
Evo, que ve un enemigo en todo k’ara que no le sirve, determinó el exterminio de la
memoria de los escritores del 52, los políticos del 52, la huella del 52.
Pero, si queremos mar, no hay otro camino que hacer de los siete millones
(dejémonos de bobadas) de bolivianos nuevos consumidores.
La alternativa de exportar para enriquecer a Chile, nuestro enemigo, es NO exportar y
dedicarlo todo a desarrollar a nuestro pueblo y nuestro país. Producir sólo lo que
necesitamos consumir e invertir en el material humano en vez de esos satélites que
sólo sirven para decir burradas por teléfono.  Exportar es vaciar nuestro futuro en
beneficio de los cuatro industriales, los cuatro banqueros y los cuatro canallas que
dirige Garcia Linera, al parecer maestro de Jaime en el arte del saqueo de países y
pueblos. Satélites, puentes trillizos, carreteras asfaltadas de oro y otras maravillas
siempre son menos necesarias que invertir en el pueblo, mimarlo, engordarlo, darle
oportunidades de estudio y, de ser necesario, educarlo a patadas pero educarlo. Otra
vez: miren el ejemplo de Hitler. Con los derrotados de 1914 hizo los conquistadores
de Europa de 1944.     
Hacer nuevos consumidores es llenar las cabezas de ideas útiles y prácticas para
ganarse el pan de cada día y algo más (bastante más) hasta que el país parezca
disfrazado de Suiza.
¿No decía ya que algunos de los objetivos bolivianos en nuestro camino hacia el mar
parecen en extremo absurdos? ¿A quién se le ocurre que los bolivianos puedan dejar
de robarse mutuamente (su vida republicana) y traten de ‘fabricar’ un país? ¡Se
necesita ser bruto!
Ya sólo por joder: con siete millones de consumidores y ciudadanos casi
responsables todo gobernante mediocre puede armar un ejército de medio millón y
ponerlo en la mesa de Arica para imitar a Putin: o me devuelves mi mar o te saco
lam…  Palabras que dichas en oportunidades similares por Alejandro Magno,
Napoleón o Hitler tuvieron efectos milagrosos en esto de ganar o perder terreno.
Claro que cuando un pueblo sabe lo que quiere y tiene la suerte de encontrar un par
de capitanes legendarios puede hacer milagros como Viet Nam o (perdonen ustedes,
pero es la verdad histórica) Adolfo y sus alemancitos. (En esto de perder o ganar
territorio, nada como Alemania: se comió a Austria un día sólo para dar un ejemplo al
Putin de hoy. Hizo añicos de Polonia sólo para mostrar a Bush el Loco como se hacen
esas cosas…)  
Bien, ciudadano: póngase la mano al pecho y diga a los cuatro vientos: ¿volveremos
algún día al mar?
La oportunidad está allí, en la punta de nuestros dedos: sólo debemos cambiar
nuestra naturaleza, convertirnos en lo que siempre quisimos ser y aprender a nadar
para cuando retornemos a Antofagasta.
Nuestro fútbol y nuestra literatura nos caen encima como fardos y nos recuerdan que,
a despecho de lo que dicen las masas, soñar es un lujo muy caro.  






Su Opinión
Arturo
Sus Libros
Nuevos Textos
3/23/14