Su Opinión
La Importancia de El Alto
Arturo
Chuta como soy, siempre me he preguntado qué o cuál es ese ingrediente excepcional que hace
bolivianos a los bolivianos. Después de medio siglo de andar haciendo las mismas preguntas, se me
perfila una aparente respuesta: lo que nos hace bolivianos es la capacidad de saber bien quienes son
nuestros amigos y quienes, nuestros enemigos.
Para decirlo de otro modo, los bolivianos formamos dos segmentos: los que pueden salir y los que no
pueden salir. Los que pueden salir son casi siempre los que se desbolivianizan y se estancan en
despreciar a los que no pueden salir. Pero ambos grupos saben quienes son nuestros enemigos y
quienes, nuestros amigos. Ese saber es lo que nos hace diferentes.
Pobres como somos, no tenemos amigos. O, si los tenemos, los tenemos a distancia entre los otros
pueblos pobres del planeta. Digo a distancia porque hemos oído hablar de otros pueblos más cercanos
que cobraron en dólares por cada pariente muerto, asesinado o “desaparecido” mientras nosotros nos
mordimos nuestro silencio hasta el día en que retornó nuestra fama de “tumba de tiranos y cuna de la
libertad”… Somos el pueblo más pobre del Continente de la Desesperanza y uno de los más pobres (y
más reducidos) pueblos del mundo, pero cuando tronamos, pues tronamos porque conocemos a
nuestros enemigos.
No hace mucho que nuestros vecinos del Sur, tan expertos ellos en el manejo de la sin hueso, tocaron
fondo y comenzaron a comer aire gracias al patriotismo de sus presidentes de fin de siglo. El mundo,
con su indiferencia de tango, dejó nomás que paladearan todas las amarguras de la miseria y el
hambre. Las siguen paladeando, y nadie habla de sus tristezas a no ser para dar cifras sin contenido
usando ese mantra capitalista, el “per capita”, como si no supiéramos que hay “capitas” que se comen
lo que pertenecen a millones de otras “capitas” y las dejan comiendo aire.
Pero a nosotros nadie nos hace eso.
Cuando la pulga que nos joroba nos joroba demasiado, le decimos con sinceridad meridiana: “Goni, o
te vas o te matamos”, mensaje que, con sus variaciones, venimos repitiendo para cada tirano que
aparece entre nuestras desgracias desde hace dos siglos.
Esa debe ser la razón por la que los bolivianos, tan pocos y tan pobres, tan “ignorantes” y tan ciegos
ante el mundo y sus circunstancias, fuerzan a las Naciones Unidas a considerar una “intervención” en
Bolivia cuando El Alto pierde la paciencia tras perder a bala 80 de sus vecinos. Así sucede en la misma
hora en que los masivos asaltos cotidianos en el Gran Buenos Aires y la miseria amordazada del Gran
Santiago no llaman la atención a nadie… ¿Quién piensa en intervenir el Perú cuando retorna Sendero
Luminoso?
Nadie. Nadie, porque nadie espera de esos pueblos un destello de indignación y furia como el nuestro
ante las canalladas de propios y extraños. Los han domesticado. Por lo demás, ni siquiera ahora saben
con claridad quienes son sus enemigos. O así engañados aparecen ante el mundo.
Con nosotros la cosa es diferente porque se sabe que si El Alto se enoja es capaz de invertir las
campañas de Bolívar y salir en una expedición liberadora que cambiará la faz del mundo para
siempre….
Dicho así, es fácil notar la idiotez a que obedece la actual campaña internacional anti-boliviana, anti-
Evo, anti-indigenista y anti-cocalera que habla por estos días de una “intervención” (no sería la ONU,
sin duda; serían los chilenos que se han apoderado ya de Potosí) y “necesaria” para salvar la
democracia de Occidente ante la amenaza personificada por los vecinos de El Alto.
Una intervención de tropas “internacionales” (Kosovo) terminaría como el chiste aquel en que Don
Víctor y Juanito Lechín decidieron declarar la guerra al Tío Sam para que nos invadieran como hoy
invaden Irak y nos reconstruyeran hasta terminar el Templo de las ˜Nustas en la Isla del Sol, pero
Lechín lo embromó todo al preguntar, “¿Y qué pasa si ganamos?”, con lo que Don Víctor decidió no
lanzar nuestros Colorados contra los portaviones gringos y nadie vino a “reconstruirnos”.
Excepto que, tal vez porque todo es posible, los nuevos Kosovistas se encontrarían con la actitud que
envió al Goni a visitar a sus patrones en la Casa Blanca, los demás pueblos del Continente de la
Desesperanza verían las cosas un poco más claras y el Tío Sam, hoy tan necesitado de tropas en Irak
y con uno de cada tres de sus ciudadanos gordo como un cerdo, descubriría que las intervenciones no
son tan baratas como lo fueron en Centro América hace medio siglo y que… bueno, habrá que decirlo,
aprendería que también las gentes de América Latina son seres humanos.
Ideas en el fondo positivas que América Latina toda le debe ya al vecindario de El Alto y que hace que
los enemigos de la raza humana estén pensando en los medios de apagar el destello de la tea que El
Alto mantuvo encendida y que algunos pensaron que se había apagado para siempre jamás.
No, si no es raro que los bolivianos conozcamos este orgullo de saber quienes son nuestros enemigos
y quienes, nuestros amigos.
No es difícil este verse hermano de los vecinos de El Alto y aprender que hay cosas más importantes
que el perfumarse los sobacos, aprender el engaño del “per capita” y disfrazarse de gringo… Cosas
como la dignidad humana defendida a ultranza con las manos desnudas y sin matar un solo soldado.
Cosas que provocan la admiración y el respeto de todo ser humano capaz de ser decente y honesto.
Cosas que los vecinos de El Alto enseñaron al mundo cuando perdieron a 80 de sus vecinos y que
hoy, porque el mundo pertenece a Satán, provocan una potencial intervención de nuestros enemigos
en Bolivia para acabar con la “amenaza” que perciben en El Alto.
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13/11/2003
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