Almas Desesperadas



"La mayor tragedia que este hombre encuentra
a su alrededor no es, ni siquiera,
la oposición o la represión que tiene que sufrir.
Es el vacío; la más terrible y la
más anegadora de las frustraciones".
Juan José Coy  (con Josep M. Barnadas),
sobre "Sombra de Exilio", 1977.


¿Cuántos miles de veces habré leído yo esta frase que se me antojó profecía apenas
la vi? La encontré entre las mil palabras que hicieran una opinión seria – la primera –
sobre mi primera obra, "Sombra de Exilio".  
Hubo muchas opiniones después, pero ésta espantaba el olvido. Me pareció
inexplicable durante décadas. Me forzó a decir mal de mi destino y de mis gentes. Se
plantó como una muralla imbatible que tocaba el cielo. Fue la expresión de la más
grave de las injusticias. Mi condena a sufrir ese vacío sembró de angustia mi
corazón.  
¿Por qué ese pueblo, por cuya suerte lloraba yo y por cuya mejor fortuna había
pergeñado todas mis líneas, iría a enterrarme bajo su indiferencia?     
Hoy, muerto ya, la frase continúa torturándome, pero menos: al momento de morir, mi
pueblo parecía haber cumplido esa profecía al pie de la letra al condenar mis obras al
olvido; obedece el capricho y el dinero de los cuatro gatos que controlan
accidentalmente su vida cultural; impotentes porque no pueden asesinarme – la
distancia me protege – esos cuatro rosqueros tratan de asesinar mis libros, que son
como mis hijos.
Esas ‘autoridades’ prohíben su lectura y la de mis artículos, por inanes que sean;
ignoran las notas que lanzo al Internet como gritos de reclamo por la atención de
viejos amigos, mis lectores. Periódicos, radios y todos los medios evitan hoy mi
pluma, que antes buscaban. Me difaman. Conspiran con extraños y propios – mi
propia sangre – para pintar una imagen mía falsa, no como autor, como persona. Su
objetivo es convencer a propios y extraños de que no existo ni nunca existí.
Tengo doce libros circulando por el mundo todo, pero en nada influyen a los dueños
de mi terruño: aislados entre sus selvas y montañas y  presos de su feroz ignorancia,
se han convencido de que saldrán con su gusto: parece que yo no nací nunca: el
vacío al que me condenaron me ha devorado.
Pero entonces, como otra bendición de mis lecturas desordenadas, encontré este
párrafo:  

“Para esas almas desesperadas que se identifican con la izquierda, esta es
la historia de un grupo de intelectuales radicales que no logran casi nada
más que derrotas, desilusiones y la pérdida de la esperanza. Su historia
ofrece un ejemplo del mensaje de la novela de Albert Camus 'La Peste'. Su
lucha es infinita e inútil, pero el compromiso con esa lucha es lo que nos
hace humanos”.   
Michael Wreszin – 1926-2012 -- -- Biógrafo de autores ‘radicales’ de USA.

La idea de hallar, aunque tarde, otras ‘almas desesperadas’ que hubieran nacido
donde yo naciera me empujó a buscar sin grandes esperanzas algo acerca de un
tocayo mío sobre el que alguna vez escuchara rumores. Su obra llegó a mis manos
sólo después de haberme muerto. Tras un breve intento, algo encontré. Viene de la
Wikipedia que, siendo de todos es de nadie, pero creo lo que dice a pesar de ello.
Dice, en parte, esto, que todo boliviano debería saber:

“Arturo Calixto Borda Gozálvez
(La Paz, 14 octubre de 1883 - 17 junio de1953): pintor, retratista, paisajista, escritor y
activista boliviano. Sus obras pictóricas se encuadran en el movimiento simbólico
prevaleciente a principios del siglo XX; la creación literaria suya vierte una pócima
frenética de poemas, narraciones y ensayos; Borda participó activamente en la vida
sindical obrera del país guiado por el credo anarquista y socialista.”

Nada dice de los 20 años que Borda sufrió como víctima de sus frustraciones y penas
creadas por el vacío al que le condenaron sus compatriotas, pero comenta su
alcoholismo como si fuera el mal de un borracho cualquiera:  

“El escritor paceño Jaime Sáenz evoca así la corrosiva muerte de Borda:
‘Una noche, en lo más crudo del invierno, vagando por los barrios altos, a los setenta
años de edad y nada menos, y caminando por las calles en busca de una copa,
perdidamente borracho, se acercó a una tienda y pidió pisco; sólo que en la tienda
no había pisco.
La tienda en cuestión era mitad alcoholería y mitad hojalatería; y ante la insistencia
del cliente, que por nada del mundo quería irse sin antes haber bebido una copa, le
dijeron que sólo tenían ácido muriático, y que sólo eso podían ofrecerle, si tanto
insistía.
Arturo Borda declaró que lo único que él quería era una copa, y que no le importaba
que le diesen ácido o lo que fuese, con tal que se lo diesen --y por enésima vez, pidió
una copa, y siguió insistiendo--.
La tendera lanzó una maldición; y confiada en que no bebería, le lanzó una copa de
ácido muriático.
Arturo Borda agarró la copa, y bebió sin asco."

La anécdota es ilustrativa a pesar de la prosa del poeta.
Como víctima de un lustro de alcoholismo desesperado que pudo haber terminado
mal también, debo afirmar que entiendo perfectamente la actitud de Borda, ese
‘vagabundo borracho y sucio’ que deambuló durante dos décadas por los recovecos
que luego Sainz intentara hacer famosos.
También yo viví un par de décadas con la sombra del suicidio colgando del parpado
izquierdo porque adivinaba la indiferencia del cielo y la tierra, ese vacío que me
pronosticara el crítico porque conocía él bien a mi país: nunca había escrito una
profecía para mí, sospeché; escribió esa frase como resultado de sus lecturas sobre
mis anteriores, esas ‘almas desesperadas’ e impotentes ante los sufrimientos de su
pueblo y la bestial ignorancia de sus falsas elites.   
Un vistazo a sus pinturas y otro a la cuidada prosa de “El Loco” me convenció de que
esas elites falsas habían fabricado la imagen que cuelga hoy del nombre de un
artista sobre el que sólo puede hacerse un comentario: antes de juzgar al hombre,
lea y mire su obra. Borda sufrió una sola desgracia, pero fue más que suficiente para
destruirlo: nacer donde nació.
Así y todo, ya no me siento tan solo.
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