9-9-2012
Indios y k’aras intentan matar mi obra por un solo pecado: decir la verdad en mis
libros y comentarios. Me censuran y quieren  condenarme al olvido. No tengo otra
defensa que la opinión publica, o sea usted: le ruego difundir esta nota si lo cree
conveniente. Muchas gracias. Arturo von Vacano.

Alfaguara Trampea con el Premio Nacional de Novela 2005

La impotencia  ante los abusos cometidos por los ‘fundacionales’ - cuatro libreros
metidos a editores que quieren asesinar a toda la literatura izquierdista boliviana -
me llevó a preguntarme cuál sería la suerte de los ganadores del Premio Nacional
de Novela instaurado y controlado por la española Alfaguara.
Como se olvida, los siguientes son los ganadores del mencionado premio, creado
en 1998:
Gonzalo Lema con “La vida me duele sin vos”;
Carlos Mendizábal: “Alguien más a cargo”;
Tito Gutiérrez: “Magdalena en el paraíso”;
Ramón Rocha: “Potosí 1600”;
Edmundo Paz Soldán: “Delirio de Turing”;
Juan Claudio Lechín: “Gula del picaflor”;
Eduardo Scott: “La doncella del barón cementerio”;
Luisa Fernanda Siles: “El agorero de sal”;
Wilmer Urrelo: “Fantasmas asesinos”.
Sebastian Antezana: “La Toma del Manuscrito”
Claudio Ferrufino - “Diario Secreto”.
Sobre varios de los cuales lamento mi total ignorancia. He leído “Potosí 1600”
porque alguien tuvo la cortesía de enviarme una copia hace unos años… y no he
leído ningún otro porque nunca pude hacerme de otro libro de esta serie.
Lo que me lleva comentar estos premios hoy es una nota de Carlos Carrasco
publicada en La Razón con motivo de la publicación de la tercera novela de Luisa
Fernanda Siles, sobre la que anota Carrasco:
“Luisa Fernanda Siles (La Paz, 1962) ha publicado anteriormente dos novelas: El
Diablo y la Mujer que Vuela (editada por Los Amigos del Libro en 1995 y reditada
por El País de Santa Cruz en 2007) y El agorero de la Sal, con la que ganó la
octava versión del Premio Nacional de Novela en 2005 y que fue publicada por
Alfaguara en 1996. En la Hora de Dios es su tercera obra narrativa”.
Así, con extrema sencillez, se las arregla Carrasco para anotar sin notarlo que
Alfaguara (no dudo de la inocencia de Siles) cometió una burda trampa con El
Agorero de la Sal, una novela publicada en 1996 (?) por Alfaguara y presentada
en 2005 por Alfaguara para ganar el Premio Alfaguara, que es como se conoce
entre los conocedores, que no son tantos como parece, el Premio Nacional.
Estudiando las Bases de esa Convocatoria, estas señalan sin dejar a dudas lo que
ahora copio: “De los Participantes: Podrán optar al Premio todos los escritores de
nacionalidad boliviana, con obras escritas en idioma castellano, que sean
originales, inéditas, que no hubiesen sido premiadas en ningún otro concurso…”
Publicada en 1996, El Agorero de la Sal no pudo haber sido inédito y original en
2005. Como editora de Siles, Alfaguara manejaba y maneja ese libro como mejor
sirva a sus propios intereses. (El catálogo de la Biblioteca del Congreso en USA,
usado a menudo para certificar la existencia de algunos libros, dice que fue
publicado en 2004).
¿Por qué cometió esta trampa Alfaguara?
La respuesta es similar a la que coseché yo décadas antes, cuando mi Sombra de
Exilio perdió el Guttentag: otro(a) autor(a), de mayor prestigio, convenía más al
dueño del premio porque, era de suponer, vendería más ejemplares que el joven
desconocido caído de la luna a Cochabamba.
O, en el caso de Siles: para 2005, Alfaguara sabía que NO tenía un “libro ganador”
entre los concursantes. Dueña del premio como es, designó el libro al que haría el  
ganador, lo metió al concurso, el jurado le dio el premio y Alfaguara volvió a
publicar la novela.
La publicó por primera vez en 31/03/2002 (según su catalogo) con el ISBN
9990523509 y sobre su propia idea sobre este texto (no la de Siles): “novela en la
que se toca el tema de la homosexualidad y la dictadura  militar”... con lo que
parece posible que Siles no supo nunca de estos enjuagues hasta que esta nota
la ponga al día.
Alguno entre los sufridos corresponsales que me he buscado para estos temas se
preguntará, como me preguntó un inocentón hace unos días, ¿qué puedo ganar
yo al sacar estos trapitos sucios sobre literatura, tema que en Bolivia no importa
un pito a nadie?
Hizo esa pregunta porque nunca se vio (posiblemente, nunca se verá) en la
situación en que me vi cuando Guttentag me hizo su trastada: no puede imaginar
la amargura que crea aun hoy este verme robado de lo que en verdad me
pertenecía por un tipo desconocedor del mercadeo del libro.
Cuando hago esta denuncia a pesar de saber que no llegará lejos en nuestro
medio incivilizado la hago pensando en ese joven desconocido al que el Premio
2005 le robó la oportunidad de comenzar su carrera literaria dando un paso
importante.  
La hago pensando en la facilidad con que esta actividad, la literaria, puede
convertirse en un antro de mercachifles dedicados a hacerse de unas monedas y
a falsificar prestigios matando los talentos nuevos en servicio de su angurria de
billetes.
La hago porque por alguna parte habrá que comenzar a poner fin a la atmósfera
bárbara de impunidad que caracteriza a Bolivia (…cuídate de la ley boliviana…).
La hago también - y ¿por qué no decirlo? - porque he elegido bien a las gentes a
las que envío esta nota y podría tal vez esperar de ellas una expresión de
indignada protesta ante estos burdos manipuleos. Es para esas protestas que se
han inventado diarios,  revistas y TV, no para hacer de esos medios públicos
absurdos juguetes de un grupo de pícaros.
Estoy seguro de que los escritores bolivianos comenzarán a producir más y mejor
cuando su Premio Nacional de Novela sea manejado por  intelectuales patriotas y
nacionalistas sin entrometidos extranjeros dedicados a comprar conciencias para
hacerse de un mercado en el país.
Un Premio decente provocará obras decentes aunque no pague miles de
dólares… sobre lo cual también hay bastante que decir.
Pero hoy bastaría con que algunos entre mis  pacientes corresponsales levantara
el teléfono y dijera cuatro cosas a quienes se las merecen: todos sabemos
quienes son.
Tal vez lograrán que  el país deje de ser escenario de tanta evada cometida por
tanto evón.
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