Raros son los lazos que me unen a la patria de mi abuelo: mi sangre, por  supuesto, mi cráneo oval, mis ojos
verdes, mi mentón audaz, mi salud como la suya, siempre en duda. Si por ella no fuera, mi padre no hubiera
hecho los increíbles sacrificios que me dieron doce atribulados años en el Colegio Alemán, el de mayor
prestigio merecido de la urbe aun provinciana y del país todo.
Lo hizo para garantizarme una esmerada educación, virtud que desperdicié sin arrepentirme porque aquel
recinto era y es cueva de las riquezas mayores y los privilegios locales más despreciables. También es
laboratorio de los intentos casi siempre exitosos de inyectar un alma teutona en un cuerpo indio o mestizo:
hoy puedo cantar con el mismo entusiasmo mi “Deutschland, Deutschland uber alles” y mi “¡Morir antes que
esclavos vivir!”
Recuerdo con cariño perenne a los cuatro o seis Maestros que forjaron mi  carácter y me dieron la alforja de
herramientas espirituales con que enfrenté luego al mundo. Me las dieron con paciencia, con ejemplos y, a
veces, una que otra bofetada. Varios eran Nazis y se los llevaron a un campo de concentración en USA. Los
perdí, pero antes me beneficié con su trabajo; los llamo y eran Maestros por ello y no sόlo profesores. Fui
muy afortunado al haberlos conocido.
No hablo alemán, sin embargo, para mi vergüenza eterna. Lo leo y entiendo sin gran  dificultad, pero no lo
hablo. Las declinaciones me vencieron: jamás las entendí. No me he rendido: a los 81 hago otro intento de
dominarlas. A veces pienso que ni los alemanes las dominan.
Esta vergüenza mía fue la  causa principal de mis vacilaciones ante la idea de visitar Alemania. Postergué la
visita durante décadas antes de acompañar a mi esposa en un  tour largo y variado. Decir que uno conoce
un país después de 45 días es una tontería mayúscula.
Fueron 45 días muy satisfactorios. Admiramos muchas cosas y criticamos varias. Lo mejor para mí fue que
nadie me preguntó si hablaba alemán. Hice en silencio esta excursión y salí agradecido de Berlín porque
oculté la vergüenza de llamarme como me llamo y no hablar alemán.