Mi amigo Halcón

Ya van dos décadas que voy a pasear cada mañana a Fort
Ward, un parque muy bonito que comparto con una legión de
ancianos en diferentes etapas de nuestro común camino al
más allá.
En  primavera el parque me recuerda las películas de Robín
Hood de cuando era yo niño. En invierno me recuerda las
películas de Alemania nazi de cuando era adolescente; cόmo
ha cambiado el mundo, me maravillo: antes las películas nos
recordaban la Naturaleza; ahora la Naturaleza nos recuerda
las películas… ¡Qué maravilla!, digo, y me río de mí mismo
porque, ¿quién puede aguantar semejante broma pesada de
la Naturaleza?  
En verano desfilan las rubias deportistas y semidesnudas de
diferentes edades y curvas y me traen recuerdos que
preferiría que no me los trajeran pero me los traen y me veo
en situaciones embarazosas, mire usted, por culpa de mi
buena memoria… Pero bueno: me gusta mucho mi parque.   
Fort Ward es un monumento nacional singular: es un ‘fuerte’
militar que no existe porque sus constructores jamás
concluyeron esa construcción. Las autoridades estuvieron
trayendo cañones inservibles y cavando zanjas durante
décadas para engañar a los turistas y hacerles creer que
esas colinas falsas y esas trincheras de chiste fueron alguna
vez escena de heroicos combates. La verdad es que nadie
disparó un tiro en Fort Ward, nadie combatiό allí jamás y
ningún enemigo se asomό por allí ni para preguntar la fecha.
Lo cual, mire usted, hace que mi parque me resulte más
simpático: peor hubiera sido que pisáramos hoy tierra bañada
en sangre de soldados y rebeldes. Lo que pisamos en verdad
es tierra suelta que varios camiones traen de cuando en vez
para reemplazar la que se llevan las lluvias.
Aun así y con rubias y todo mi parque resultaría un poco
aburrido si no fuera por mi amigo halcón, dueño de esta
página y héroe de una historia corta que ni mi esposa quiere
creer.      
El caso fue que un buen día, aficionado como soy a soñar
despierto, miraba yo semidormido los árboles, las plantas y
las nubes con infantil admiración cuando mi mirada se detuvo
casi sin  querer en una rama más próxima a la copa que a la
raíz de uno de mis arboles preferidos porque, inmóvil allí como
un rey orgulloso, descubrí un pajarraco que no pude definir
en un primer momento: luego, cuando abrió las alas y se
lanzó en picada para pasar a medio metro de mi gorra, decidí
sin vacilar que no podía tratarse de otra cosa que de un
halcón. Es lo que sucede con cada bachiller del Colegio
Alemán de La Paz que ha leído oportunamente “El prisionero
de Zenda”: por haber leído esa extraordinaria aventura
conoce el lector el ABC de la sociedad entre los bípedos
parlantes y esas maravillas volantes de pico curvo y mirada
aterradora.
Este ave en particular, dando un giro elegante y preciso,
retornó al lugar en que lo había descubierto yo y allí se plantó,
inmóvil otra vez. Con paso vacilante y fingiendo que buscaba
hongos entre el césped y las hierbas de ese prado artificial,
fui acercándome todo lo que pude al pájaro aquel hasta que
pude discernir cada detalle de su bella presencia. Levanté la
vista con cuidadosa lentitud e hice la primera de las muchas
fotografías con las que adornaría luego mi estudio, ese
refugio de mi ancianidad adolorida donde yo, tantas veces…
Veo que me pierdo en detalles; debe ser la edad que me
golpea el cerebelo. Retorno,  pues, al hilo de mi relato:…
Dando un lento giro fui por donde había venido hasta
sentarme en una banca no necesariamente cómoda. Vigilé
desde allí, inmóvil yo, la inmovilidad del cardenal veneciano de
llamativo pico curvo, orgulloso y elegante en su capote entre
negro y bronce.
Así quemamos un buen rato, espiándonos, hasta que se me
dio por retornar al pie de su árbol para hacer otra fotografía.
Así lo hice. No se movió. Me senté a vigilarlo. Nada sucedía.
Cuando estaba yo comenzando un bostezo se lanzó él en una
picada que me helό la sangre y pasό a doce milímetros de mi
gorra. El viento de sus alas me congelό las mejillas. Mientras
parpadeaba yo entre asustado y sorprendido, hizo otro giro
elegante y vino a plantarse a dos metros de mi agitada
humanidad. Allí se dedicó a ejecutar una danza que me
recordó los compadritos del Buenos Aires porteño, entre
amistoso y agresivo. Yo siempre miro los ojos de mis
interlocutores cuando quiero adivinarles las intenciones. Eso
hice allí mismo y detecté una oleada amistosa e indudable.
Dedicamos un minuto para mirarnos así. Yo pensé: ‘…pero no
tengo mi saco de cuero… Si se trepa a mi hombro sus garras
me harán sufrir…’ El abrió las alas en todas sus dimensiones
y me hallé ante un pájaro de enorme envergadura… antes de
que se despidiera dando dos pasos y dejándome entre
espantado y triste. Se despidió y se marchó.
Volviendo a casa trataba yo de explicarme este extraño
episodio. No tenía la menor duda de que había hecho un
amigo de ese príncipe del aire pero no conocía antecedente
alguno de semejante incidente. Se lo conté a mi esposa y
ambos nos maravillamos recordando los instantes de ese
encuentro.
Me fui luego al Internet en busca de información. Hallé dos
lugares dedicados a los halcones. Busqué en ambos algún
experto para pedirle consejo. En el primero nadie me
contestó. En el segundo un hombre amable me pidió una
fotografía de mi alado amigo. Se la envié allí mismo. “¿Qué
hago ahora?”, le pregunté. Nunca me contestó. Desaparecí,
simplemente.
Al día siguiente retorné a mi puesto de vigilancia protegido por
mi saco de cuero capaz de desafiar tormentas andinas y
perdigones de buen calibre. Apenas detuve el auto ante un
árbol sin personalidad alguna y di dos pasos apareció mi
nuevo amigo en un giro corto y camino sobre el césped para
acercarse a mi insegura persona. Me detuve y se detuvo.
Cambiamos la mirada del día anterior y avancé dos pasos
ofreciéndole mi brazo protegido por mi cuero andino. No
pareció reconocer el gesto. Desapareció con velocidad
sorprendente y me dio tiempo para recuperar el aliento.
Con leves variaciones, nuestra relación fue la misma durante
más de una semana. Me esperaba desde el árbol ante el cual
parqueaba yo mi coche y dedicábamos buenos minutos a la
ceremonia del encuentro. Nunca aceptό mi brazo. Deduzco
por ello que alguna vez fue domesticado y no le gustό.
También creo que no le gustan los colores vivos: mis camisas
verdes o rojas le espantan su poco… Un día me espera en la
rama misma en la que yo lo descubriera. Me dedicό un vuelo
tan elegante como siempre pero después se ocupό en
comerse los pollitos de un nido cercano, lo que atrajo a una
docena de pájaros indignados pero luchadores que se
lanzaron contra él. Sin registrar su presencia, mi amigo me
mostrό la barbarie de la naturaleza al comerse vivos esos
polluelos como si fueran bocadillos (que lo eran para el) antes
de alejarse perseguido por avecillas tal y como volaría un
bombardero alemán acosado por media docena de cazas
Spitfire… picando y trepando en ángulos agudos, otro
ejemplo del parecido entre la Madre Naturaleza y las películas
de Hollywood.
Cuando visito el parque estos días hay veces en que lo veo
en su rama preferida y otras en que me vigila sin saber yo si
sabe quién soy o si mi presencia le importa poco. Sabe, me
imagino, que nuestra amistad no podía durar toda una vida.
Menos, si ya antes había conocido él la vecindad humana, de
la que yo también tengo una triste opinión.
Y así, solo puedo decir que nos vemos de vez en cuando y
que siempre me alegro de verlo y que lo último que me
interesa es saber si la gente cree esta historia o no.