EL DIA MAS NEGRO DEL LIBRO BOLIVIANO - II

Ante lo que fuera en SRZ Los Amigos del Libro, un matón con cara de perro al que se le
preguntó por esa librería tradicional contestó con un ladrido: ‘¡Ahora estamos nosotros!’,
refiriéndose con ese ‘nosotros’ a la secta religiosa que hoy ocupa ese local: vende la
salvación a plazos.
En CBB días después, la tienda de Los Amigos del Libro asoma idéntica a la que maneja
la Sra. Sabasta en un suburbio oscuro y peligroso para vender pan y aceite: una india
anciana de nobles rasgos y dolorosa pobreza mira al visitante como si fuera un marciano,
señala con un gesto de abuela generosa las cosas en los estantes y dice: ‘son libros’,
como si fuera culpa suya. ¡Ah, las glorias del pasado y las miserias del presente!
-- Un gringo cuyo apellido termina probablemente en ‘ic’ (Tadic, Franulic, Martinic, etc.)
salió a duras penas de una modorra de media tarde para ponerse de pie con cierto
esfuerzo y negarse a dar su nombre. Estaba a cargo del puesto de La Hoguera,
probablemente el proyecto editorial más ambicioso y mejor organizado de los últimos
años. La amplitud de su local y la variedad de los libros desmentían la actitud aburrida y
triste del hombre. El índice de ventas explicaba su gesto de derrotado. Si los bolivianos no
leen nada (como hoy se dice) esta mala costumbre está pegando fuerte a La Hoguera,
cuyo orgullo cruco le fuerza a ponerse sus mejores pantalones cuando de la Feria se
trata, venda o no venda. Sólo queda desear que Dios ayude a La Hoguera y que crezca
mucho y bien: es una empresa moderna y ágil. Podría, tal vez, encabezar el renacimiento
de su industria, pero su regionalismo, extremo hasta el absurdo, limita su visión y sus
oportunidades. Aunque dispone de maquinaria capaz de servir al país todo, prefiere
lanzar títulos ‘crucos’ para lectores ‘crucos’ y demostrar una ‘cultura cruca’ que aún no
existe. Así, La Hoguera empieza a sentir el impacto económico del fracaso de sus ventas y
podría apagarse sin un pio en cualquier momento.      
-- Plural, durante años la reina de la industria en La Paz, cómplice de la Banda
Montenegro de Literatura en San Andrés para hacer libros que hoy nadie lee ni recuerda
(¿pagados por quién? ¿San Andrés?) y tímido actor ‘político’ mediante su periódico ‘Buen
Gobierno’, empieza a hacer aguas y se hunde bajo el peso de sus deudas. ‘Vanity Press’
desde su nacimiento hasta su defunción, nada hizo ni hace Plural por re-editar a sus
autores, sean leídos o no. Menos, por promover esas obras y darles algo de publicidad.
Si el autor no paga para editar, no se edita nada y listo. Capitán del turbio negocio de las
‘fundacionales’ ‘distribuidas’ por miles de ejemplares ‘fantasmas’ (debieron llegar a manos
de cada escolar; no había una sola colección de muestra en SRZ) y de otros libros
pagados por el Estado antes de que se hicieran (parto dudoso), tiene en su haber otras
operaciones menores dedicadas al arte de hacer libros de aire…
Si así opera, ¿de dónde sus pesadas deudas? Plural es una editorial sin editor. Su
propietario, víctima de un peculiar síndrome familiar que conjuga ese extraño orgullo que
distingue a toreros y bailarines de ballet, jamás se animó a meterse de cabeza a la
palestra política (excepto cuando aceptó y renunció pocas horas después a una
candidatura vicepresidencial); prefirió, como corresponde a un gentilhombre valluno,
hacerla de ‘editor’ educado, polifacético y hombre de mundo para ‘politiquear’ mediante
su revista publicando las ideas de sus amigos y aparecer como hacedor de ideales y
candidatos… Lo que explica también la limitada circulación de su  caro pero bien cuidado
impreso. En cuanto a libros… ¿Dónde está la obra escrita de este hombre de letras
ajenas? Aparece como ‘colador’ sin invitación en cada presentación de un libro, búho
mudo y feo, o como silencioso corifeo de autores como Carlos Mesa, el de la tímida
sonrisa y la obra tibia. Esto es, es sombra de otros, pero no hace sombra… Se hundirá
bajo el peso de los libros que no vendió y los que nunca hizo aunque dijera lo
contrario.     
-- Gente Común, el otro ‘colaborador’ de la banda Montenegro de San Andrés en la
publicación de libros de humo pagados por el Estado, sufrió un colapso apenas se
jubilara Montenegro y perdiera su dominante papel en la facultad. La amistad entre Gente
Común y la Bruja Negra de San Andrés es menos intima hoy, tal vez, pero ha bastado
para llevar a Gente Común a publicar una novela del esposo de Montenegro titulada
(error hasta en el titulo) “El Día que sembramos el Mal”: favores con favor se paga.
Después de publicarla y ocultarla (parece que no le tiene mucha fe) cambió de nombre y
se dijo 3600. Cambió otra vez de nombre y se presentó mutilada (los socios se
disociaron) en SRZ. Agoniza así disfrazada mientras salta a la pata coja.     
-- Kipus parece ser hoy la única esperanza que queda a los autores bolivianos de
pensamiento independiente para ver publicadas sus obras. Kipus se lanzó al agitado
mundo del libro mediante un concurso internacional que premiará cada dos años con
veinte mil dólares al ganador. Su concurso sigue a por lo menos cinco años durante los
que Kipus publicó todo tipo, género, clase y tamaño de libros; ha resultado un verdadero
milagro para escritores como Mariano Baptista Gumucio, estrella de la Feria 2014 con
seis o más libros publicados este año. También, para una patrulla numerosa de autores
novatos o veteranos entre quienes Kipus no hace distinción alguna: publica siguiendo el
olfato de su propietario y parece indiferente a los resultados de ventas: apoyado en el
lado industrial de la empresa, Kipus confiesa que sus publicaciones sólo le significan
gastos; picado por el bicho editorial, no quiere vacunarse ni cambiar de actitud. La
experiencia de Alfaguara con sus Premios Nacionales le llega al codo y así es como ha
puesto a disposición del lector boliviano novelas y cuentos de ciencia-ficción, “ciencia-
ficción”, cucos y fantasmas, tradiciones e historia, detectives, nazis, abrigos milagrosos y
esto y aquello…
… Pero el hecho es que, si no hubiera Kipus, poco o nada de libros bolivianos habría
aparecido en SRZ. Sólo por eso merece un aplauso. Fue un faro entre las tinieblas.
Por supuesto, hay otros aspectos que contribuyen al peor momento del libro boliviano
durante un lapso de varias décadas, pero habrá que buscarles espacio, tiempo e interés
para comentarlos. La calidad de las obras desde 1950 y de los críticos que las hicieron o
deshicieron sería una entre varias facetas menos urgentes que interesantes.  
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