Novela Boliviana: Ni Críticos ni Mercado



“Pese a las apariencias, nunca practiqué, creo, la crítica literaria”.
Su majestad Cachín I para Jorge Luna Ortuño - periodista, en La Razón / 09 de
diciembre de 2012.
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Lo malo es que, como Cachín, nadie practica, creo, la crítica literaria en Bolivia, lo
que contribuye a la existencia del mercado nacional del libro más extraño y
tragicómico del Universo, incluyendo Ganimedes y UXS-2367.
Es raro porque, sin críticos, no puede existir mercado alguno de libros, discos,
poemas, galletas ni bebidas; sin nadie que aconseje sobre lo bebible y lo deleznable,
¿quién puede saber cuál es el mejor whisky del mundo? Si el producto no se exhibe
no es posible comprarlo: nadie compra lo que no conoce. Sin embargo, hace un siglo
que el mercado boliviano del libro existe sin críticos… ¿No es Bolivia, en verdad, un
país mágico?
Es más: ese mercado existe aunque librerías y libreros de segunda mano hacen lo
imposible por NO vender libros: todo visitante de librerías de lujo y libreros de
contrabando conoce la tortura que significa hablar con un vendedor de cara de perro
con rabia que se niega a hablar con su comprador, le da la espalda, le dedica un
brutal gesto de imbecilidad congénita y dice al fin, si dice algo, “¡No hay!”, sin darse el
trabajo de escuchar el título del libro que busca ese pobre comprador.
Para los autores reales y potenciales, las cosas son peores: cuando un autor visita a
cualquier librero portando media docena de ejemplares de su magna obra, el librero
lo trata como si fuera gato con sarna, se hace rogar durante horas para aceptar –
gratis – los libros del pobre autor y no tarda dos minutos en ocultar esos seis libros
en el peor rincón de su despreciable cuchitril. No sólo no paga nunca un solo centavo
al autor, sino que pone el precio que le da la gana a sus libros.
Como esas cholas que venden seis naranjas todo el día sin menear el rabo, estos
‘libreros’ ponen cara de pared todo el día sin menear el suyo. Los libreros de todo el
mundo se esfuerzan por vender libros; los bolivianos se dejan comprar libros si les da
la gana. Si no, no venden nada y ponen cara de hambre. Así es como contribuyen al
progreso del país. Estos “comerciantes’ demuestran día a día que sólo un Melgarejo
puede hacer andar al país, a latigazo limpio.
En cuanto a los lectores…. ¡Ah, los lectores! A diferencia de los lectores de otras
zonas geográficas, el lector boliviano oculta y disfraza los títulos de los libros que lee.
No es difícil hallar a una niña estudiante y muy aplicada con “El Erotismo de las
Arañas”, cubierta que protege y oculta un viejo ejemplar de Almaraz. Le da miedo y
vergüenza que la vean usando su materia gris en cosas serias. Existen múltiples
ejemplos de esta lectura “secreta” en los pasillos de las librerías de viejo; en las
librerías de lujo nunca se ve nada de eso: son como el cementerio, fríos callejones
con cadáveres de libros que a nadie interesan.
Pero el lector boliviano lee. Compra libros caros - editores e importadores le hacen
pagar por el libro (1) que compran y por los tres libros (3) que debieron comprar
otros, inexistentes, lectores – y lo tratan como ya vimos. En Bolivia, comprar un libro
es señal de que a uno le sobra la plata, sea verdad o no; también, de que uno usa el
seso para cosas que no son fútbol. Ambos signos de debilidad mental son muy mal
vistos por los ciudadanos en general, cuya ignorancia rancia garantiza el constante
atraso de ese conglomerado inverosímil.
Pero… ¿cómo sabe el lector boliviano cuáles libros comprar?  Sin críticos que
merezcan respeto, sin revistas, con suplementos que hoy salen y mañana no – sólo
profesores o ‘periodistas’ que hablan en difícil publican en los diarios – pero, sobre
todo, ante una ausencia dolorosa de materia gris en todas esas actividades…  Sin
personas que hablen en sencillo, claro y con uno o dos chistes de cuando en
cuando… ¿Cómo puede saber nadie lo que es bueno y lo que es malo?
La respuesta es simple y sencilla: no puede saberlo. Y porque no puede saberlo, no
compra mucho si compra, o compra rogando ayuda al cielo o a las amigas para
comprar: con suerte encuentra algo que le guste o, sin ella, decidirá no comprar nada
tampoco este año.    
¿De cuántas gentes hablamos? Para un pandemonio de diez millones, decir que
hablamos de dos mil lectores parecerá pecado, pero los datos parecen demostrarlo:
cada libro, sea cual sea, sale en ediciones de no más de 200 ejemplares; la última
vez que se vio una edición de mil ejemplares fue durante el gobierno de Montes y se
trató de un error. Plural se ha hecho (parece) de esa máquina que hace un ejemplar
de cualquier libro si encuentra un solo comprador (son libros B-o-D) y sus costos
suman centavos… que transformados en los cien pesos en que lo vende hacen una
fortuna apreciable. Así se ha eliminado la existencia de los grandes residuos, de
sobrantes, de libros que nadie quiere, y la vida del editor se ha hecho mucho más
dulce. La del lector sigue siendo dura y sacrificada: ¡viva el capitalismo salvaje!
Si el lector sufre porque no hay críticos ni nadie que le aconseje sobre sus lecturas,
el autor sufre más porque su universo ha cambiado de modo tal que parece mentira.
Hace un siglo la imprenta era de tipos de plomo y no había radio (casi) TV, cine (casi)
ni… ya había futbol. Era un ambiente perfecto para escritores como Alejandro
Dumas, padre inmortal de Los Tres Mosqueteros. Los Mosqueteros nos llegaban sin
competidores en libros baratos hechos en papel sábana (periódico) y Dumas no tenía
ni una docena de competidores a nivel mundial.
Hoy ya no hay lectores a nivel mundial; lo que hay son autores. Todo el mundo que
cree ser alguien en la vida ha escrito, está escribiendo o va a escribir mañana su
libro.
Una vez escrito, cada autor transforma su libro en un fantasma de ‘datos’ y se lo
envía a Amazon, la librería digital que vende más de 450 millones de libros a… ¿A
quién? La polémica dura ya años: ¿Desaparecerá el libro de papel, o no? Es
polémica porque cada vez son menos quienes compran libros de papel aunque los
digitales son de calidad despreciable: nadie que se respete compraría un “Ulises” ni
un “Quijote” digital: se ve y se lee horrible.
Pero esa polémica no puede disfrazar otro hecho maligno: la imagen está
desplazando y ‘matando’ a la palabra escrita. Las masas humanas apuestan por la
imagen (TV) y rechazan o temen la palabra escrita (libro), que generalmente obliga a
pensar. Por eso aparecen tan bestias las masas en la TV.
En lo práctico: lo que a mí me tomó 15 años, publicar mis libros en Amazon, le toma
hoy a un joven autor boliviano 15 minutos, los que necesita para  enviar su libro a
este distribuidor universal.
La cueca comienza cuando se habla de publicidad, propaganda y promoción:
¿Cuánto necesita cualquier autor para lograr que el mundo reconozca y conozca su
libro? Mi opinión: un millón de dólares bastaría. Sin ese millón, ¿qué sucede con cada
libro y cada autor? Si venden mil ejemplares en un año se sienten felices como niños
de teta.
Según datos de Barnes & Noble, el mismo Amazon y otras librerías, los libros de
papel y los digitales venden un promedio de cien ejemplares el año de su publicación.
Los que gozaron de mejor suerte se lo deben a los esfuerzos promocionales de sus
editores, a la fama y el buen nombre de que gozan desde hace años o,
sencillamente, a la moda y la buena suerte.
La buena noticia: ante semejante horizonte, sólo quienes escriben por placer o
porque saben a ciencia cierta que son grandes artistas continuarán escribiendo; los
demás abandonarán el campo más temprano que tarde.
La mala noticia: hasta el más burro a nivel mundial entre los aficionados a escribir se
cree un genio y nunca dudará de que merece el Nobel. Continúa anegando con
millones de monstruosidades las librerías del mundo y demuestra así la democracia
de las bestias: todos somos iguales, todos decimos tonterías y todos publicamos a
todo dar.
Un consuelo: si conoce usted alguna persona que haya leído toda su vida y es
conocido como lector, pídale consejos: Nadie nunca ha sido mejor medio de
publicidad que el conocedor silencioso que ama los libros. Hay pocos, pero los hay.  
Hoy son un tesoro.
¿Pero, no se puede hacer nada para remediar esta situación?
Porque no hay críticos y, si los hay, son unos flojonazos que nunca trabajan en serio
(sobre todo, si es gratis) y porque tanto críticos como autores, periodistas y otras
pestes adolecen de dos defectos capitales: un lenguaje despreciable, un idioma
inculto (lea los diarios de la fecha) y una sensibilidad extrema (decirle a un ignorante
boliviano que es ignorante es arriesgarse a ser asesinado: es ignorante porque le da
la gana, y a usted, ¿qué?), tanto críticos como autores se esfuerzan por ocultar sus
obras en lugar de exhibirlas y mostrarlas (‘así escribo yo’) como mejor pudieran.
Yo propongo de inmediato un blog donde cada autor boliviano que se diga tal
“cuelgue” tres o cuatro páginas de su cosecha… Lo hago porque sé ya que ninguno
aceptará este desafío; prefieren vivir años sin nadie que los lea pero con algunos
amigos o parientes que les aplauda porque son autores.
La última vez que un editor de CBB convocó a autores de ‘ciencia-ficción’ locales
para hacer un libro se topó con que la mayoría de esos cuentos sufrían de serios
defectos de sintaxis, ortografía y etc. etc., lo que le llevó a pedir a un famoso
catedrático que revisara esas maravillas, las corrigiera y les diera pasaporte al
castellano/español… Duro trabajo que parece no ha concluido todavía: el libro ese
aterrizó en el limbo y allí flota, triste y tonto. Una verdad que ya se dice a gritos es
que la mayoría de los autores nacionales debería retornar a la escuela para mejorar
el idioma que hablan y escriben. Y así nos topamos con otra faceta de nuestras
tragicomedias nacionales: nuestros escritores no saben leer ni escribir, ocultan su
obra para que no se descubra cuan ignorantes son y están dispuestos a matar si
alguien afirma lo contrario.
Ante esa tragicómica situación, sería bueno preguntarse cómo les ha ido a los
ganadores del Premio Nacional de Novela. No vale la pena dirigirse a ellos mismos
porque ya les hicieron esas preguntas y salieron, como era de esperarse, con
excusas y algo de diplomacia… Tal vez la verdad les resulta demasiado dura.
Ellos son, y usted puede (y debería) buscarlos para charlar con ellos:      
Gonzalo Lema con “La vida me duele sin vos”;
Carlos Mendizábal: “Alguien más a cargo”;
Tito Gutiérrez: “Magdalena en el paraíso”;
Ramón Rocha: “Potosí 1600”;
Edmundo Paz Soldán: “Delirio de Turing”;
Juan Claudio Lechín: “Gula del picaflor”;
Eduardo Scot: “La doncella del barón cementerio”;
Luisa Fernanda Siles: “El agorero de sal”;
Wilmer Urrelo: “Fantasmas asesinos”.
Sebastián Antezana: “La toma del manuscrito”
Claudio Ferrufino Coqueugnio - “Diario Secreto”.
¿A cuántos ha leído usted? ¿A cuántos admira? ¿A cuántos, en fin, ha olvidado?
Antes que nada: NO hablo aquí de la calidad de estas obras; hablo sólo de la suerte
que les ha caído encima.
Lo primero que descubre un autor cuando se hace autor es la indiferencia del cielo,
como bautizó uno de  ellos a su obra primeriza antes de dedicarse a distribuir
gaseosas. El libro se publica y a nadie le importa un corno tal hecho, ni en el cielo ni
en la tierra.
Después descubre que hay en ese libro un montón de cosas que el mismo autor no
vio jamás. Como dijo mi tío Oscar Alborta Velasco a los vientos de SRZ,  “Nunca
escribas porque si escribes no te entienden; o si te entienden, te entienden mal”.
Escribió cuentos hasta morir. Así sucede en verdad: cada autor sabe que entre su
propia idea de su libro y las ideas que el mundo se hace sobre el mismo libro hay un
abismo sin fondo; lo único que le queda es tragarse esos malos entendidos.  
Después descubre que el hombre es lobo del hombre y que los escritores son divos
como los tenores y divas como las sopranos: odian a sus colegas, son incapaces de
amistades ‘de verdad’ entre colegas y tienen lenguas de áspid. Sus pecados favoritos
son la envidia y el egoísmo. Su vanidad es su religión: “Yo, yo, yo, yo….yo”. Aquí, un
secreto a voces: pocos autores en el mundo se llevan bien con sus familiares
próximos o lejanos, dados los vicios y las virtudes que les distinguen. Con suerte, sus
familiares logran aislarlos de algún modo y tratan de olvidarse de que existen hasta
que dejen de jorobar. (Espíe usted a su autor favorito). Ellos, a su vez, escribirán
tarde o temprano, mucho o poco, sobre esas relaciones, dando de comer a los
buitres chismosos actuales y futuros.
Pero  no sólo para los autores es la vida una taza de leche. Sigamos los pasos de un
libro, una novela, cualquier novela, “Ulises” excluida:
La primera traición que sufre es la de su editor: no sólo no se dan ya editores que
editan como sucedía hace medio siglo (miraban, leían, corregían, sugerían), sino que
los editores mienten; dicen que han hecho mil copias de una edición de 200
ejemplares. Dicen que han dado ‘distribución mundial’ al libro cuando envían sólo 20
copias a la librería más próxima. Lo peor de todo: dicen que gastarán una fortuna en
la promoción del libro y lo olvidan un mes después de lanzarlo. Tal la suerte del
99.9% de las novelas publicadas en el mundo. El 1% restante es el autor de fama
mundial indiscutible, el único que verá el dinero de sus derechos de autor en su
cuenta bancaria… ¿Los demás? ¡Puf!
Como mi lector sabe, generalmente incluyo las pruebas de lo que digo junto a lo que
digo. En este caso no puedo hacerlo porque necesitaría escribir un libro para ello.
Pero vaya usted a charlar en confianza con alguno de nuestros Premios Nacionales
de Novela… Vaya, vaya, vaya. No necesita contarme lo que dice.
Dirá algo así:
“La publicación de mi libro se hizo ante la indiferencia del cielo: no sucedió nada ni
antes ni después. Salí a la calle esperando un milagro... y lo sigo esperando: el
mundo nada sabe de mi libro; menos ha de saber de mí. Me dijeron que se publicaría
por lo menos en esta parte del mundo, pero así no ha sido: nadie sabe en
Montevideo quién soy yo ni qué dice mi libro: Nadie lo ha visto nunca allá. Arguye el
editor: si en Bolivia  no han comprado sesenta copias… ¿cómo vamos a gastar
promoviéndote en Montevideo?  Tontos que fuéramos…  Yo, callado nomás,
sufriendo esta tenaza: si hablo me privan de lo poco que hacen; si no hablo me dejan
en el limbo. El tiempo pasa, paso por el tiempo y allí va mi hijo, mi libro… Sólo Dios
sabe lo que será de él…”     
¿Qué diferencia hay entre estos premiados y un tipo que paga su edición de 200
ejemplares y lo vende en la esquina? El control: uno domina la cosa y es feliz
charlando con sus compradores, así sea uno cada mes. Cada lector es una lección
única para el autor: es de allí que nacen sus obras…
¿La plata? Como viene, se va. Si la gente escribiera por la plata, nadie escribiría. Es
lindo recibir diez mil dólares juntos de unos alemanes locos que querían la cara de
Toro Sentado para demostrar que premian a autores tercermundistas… Pero, ¿llevar
para siempre en la consciencia el hecho de que el premio fue para la cara y no para
la obra? Pesada cruz es, hualaycho.  
…y las malas compañías en que nos meten esos premios: uno nunca sabe junto a
quién acabará.  
¿No sería mejor sacar a patadas del país a esos metetes extranjeros y fascistas y
crear un Premio Nacional de Novela decente?
Sí, claro, pero es imposible: el régimen comunista de Evo Morales lo impide. ¡Otra
evada, y esta es grande!



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Arturo
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