Esta beca (o “Fellowship”) fue la más prestigiosa del mundo hace medio siglo y para muchos
todavía lo es. El autor de “Morder el Silencio” es el único boliviano que la ganó. La ganó
cuando trabajaba como reportero en el Perú.

Como en aquellos tiempos el subir a La Paz era aventura reservada sólo para las almas más
audaces, los gringos que administran el World Press Institute no se atrevieron a visitarla
para hallar un periodista que, además de su  reconocida capacidad, hablara su poco de
inglés.

Y así y por eso fue que el único boliviano que la ganó hasta hoy la ganó en Lima y como
peruano sin haber perdido ni renunciado a su nacionalidad. No que le importara mucho,
pues el Perú fue siempre amable con ese joven exiliado.

Parte del orgullo que ese logro le causa hoy es el saber que entre sus competidores
bolivianos que hicieron lo imposible por ganarla y fracasaron en esos intentos se cuentan
dos o tres embajadores que jamás aprendieron el inglés y algunos aventureros como el
olvidado “Dólar” Zavala, amigo del dictador Banzer. Y es que no pudieron servirse de los
“compadreríos” ni del vicio criollo de los “bombos mutuos”.

Los amigos de tales embajadores y los compinches de ese “Dólar” son los que hoy imponen
a la prensa  impresa la obligación de no publicar a von Vacano.  También los editores
bolivianos obedecen tal  prohibición, igual que la prensa “masista”: unos lo castigan por
“evista” y los otros porque es k’ara.

Este episodio demuestra que el racismo boliviano y los prejuicios de clase son más fuertes
que el patriotismo y un sentido elemental de decencia.  Mientras sufra esos males sociales,
pocas esperanza tiene el pueblo boliviano de cambiar en verdad su suerte.

Para cuando von Vacano aprendió que no tendría lectores bolivianos porque los k’aras han
prohibido la lectura de sus libros y los humildes recién están aprendiendo a leer, el Internet,
Amazon y Google habían puesto sus obras al alcance del mundo entero.

De ese modo, y porque vende dos o tres libros por semana, supo von Vacano que sus
escritos no se perderían del todo.

Pero aconseja a todo autor joven que lo primero que debe hacer es emigrar: no vale la pena
trabajar para  quienes, a diferencia de los pueblos que honran y promueven a sus autores,
prefieren exiliarlos a un olvido impuesto por una bárbara ignorancia.
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